Santificación de la Vida Diaria




Nota: Esto es una copia de una homilía que se presentó durante las misas de aguinaldo en el 2003 en la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe (Bo Campo Alegre, Hatillo).  EMYM no es un representante de los Esclavos de la Eucaristía y María Vírgen.


No es santo aquél que habla siempre de santidad; el que sabe filosofar espléndidamente sobre tales cosas, que sabe hablar con entusiasmo acerca de ellas. Es santo quien vive santamente, realizando en su vida práctica la misión que el buen Dios le ha dado de la manera más perfecta posible. Todo cuanto hace, ya estudie, ya enseñe, esté en la cocina o sí hace otro oficio, es por el amor más alto posible a Dios, pero también realizado de la manera más perfecta posible.

No solamente se puede honrar a Dios y amarlo en la oración, sino también y justamente en los acontecimientos corrientes del día, en la familia, en el trabajo, en el encuentro con los hombres y junto a un enfermo. Esta manera de amar a Dios por el cumplimiento del deber diario lo llamó Padre Kentenich: santidad de la vida diaria. Esta santidad de la vida diaria, no es la santidad en la vida rutinaria ni callada del cumplimiento ordinario del deber, vivido día tras día hasta en sus más mínimos detalles, e imprimiendo en todas sus obras el sello de la perfección. Todo el programa del santo de la vida diaria está inspirado en la ley del amor, ley armoniosa; donde existe armonía santa entre la vinculación hondamente afectiva con Dios, con la obra del hombre y con el prójimo a través de todas las situaciones de la vida.

El hombre religioso de hoy, quiere ver lo divino en un cuerpo humano, busca santidad vivida. A esta ansia del hombre responde claramente la santidad de la vida diaria. Esta santidad sabe establecer la debida proporción entre la actividad divina y la cooperación humana, proporción que como todos palpamos, se ha visto conmovida con violencia por las hondas crisis culturales de los tiempos modernos.

Dios nos santifica, pero con nuestra colaboración. La obra de Dios y la obra nuestra están en una mutua relación de armonía. Por Cristo se nos dio la vida divina. Cristo nos merendó la gracia de salvación y nosotros la recibimos unidos íntimamente con Él. Él nos da ejemplo atrayente y arrebatador de una vida de verdadera santidad vivida ante nosotros. Es Dios quien hace lo principal. No lo olvidemos. Nuestra actividad desempeña un papel secundario. Sin ella no hay verdadera santidad. Por nuestra parte tenemos que defender, acrecentar y hacer fructífera la vida divina. La defensa, es necesaria; son muchos los enemigos poderosos que la amenazan. Los enemigos que nos acechan de afuera, se llaman: el demonio y el espíritu mundano. Los que lo hacen desde dentro son: la codicia, la soberbia y la concupiscencia de la carne. De todos estos enemigos nos defendemos con una mortificación sabia y diligente. Debemos acrecentar la vida divina por medio de buenas obras y por la recepción de los sacramentos. Dios aguarda nuestra colaboración.

La Santidad de la vida diaria hay que considerarla y vivirla siempre en la vida práctica como un conjunto orgánico. La consideramos bajo tres aspectos:

l. la vinculación con Dios
2. con las propias obras
3. con los hombres.

La vinculación con Dios será ante todo, de una manera agradable a Dios o de gran altura. No basta la vinculación con Dios estrictamente mandada y a la que estoy obligado bajo pecado. A Dios le agrada muchísimo lo que el hombre hace libremente sin que se vea obligado a ello; es decir, lo que responde a los deseos y consejos divinos. A Dios le agrada la obediencia a los mandamientos, pero Él quiere algo más, Él quiere lo heroico. El heroísmo brota del manantial de un amor fuerte e íntimo. Por lo pronto, la vinculación con Dios será agradable en el sentido, que quiera la santidad de la vida cotidiana, cuando sea de tal grado, que se extienda a cumplir los consejos y deseos divinos.

Nuestra vinculación con Dios ha de ser armónica. Ha de reinar la armonía entre nuestras vinculaciones con Dios, con la obra y con los hombres, así llegará a ser el fundamento favorable y el motor que continuamente esté impulsando esa unión.

Lo contrario de armonía se llama desarmonía. Un ejemplo de la vida diaria y práctica nos ayudará a comprender mejor cuál es la vinculación armónica del santo de la vida ordinaria. Ejemplo: Una madre va a diario a la misa, pero siempre a la hora en que su marido tiene que irse al trabajo y los niños prepararse para ir a la escuela. Naturalmente, todo anda revuelto en la casa. Uno de los niños llora porque no encuentra su ropa, otro no quiere levantarse, etc., y el padre malhumorado y nervioso se va sin desayunar. Mientras tanto, la mujer reza en la iglesia. En esta vinculación con Dios, falta la armonía.

Nuestra vinculación con Dios ha de ser afectiva. No puede quedarse en pensamientos; han de vibrar la voluntad y el corazón hasta sentir la intimidad con Dios y la emoción de Dios.

Un amor afectivo es un amor que brota del entendimiento, de la voluntad y también, del corazón. Nuestra vinculación con Dios será afectiva si nuestro corazón y nuestra voluntad se entregan a Él. Una vigorosa entrega a Dios sólo es posible cuando el alma con la oración, procura conocer cada vez mejor, con más hondura a su Dios, y cuando lucha por desligarse de todo desorden. La meditación honda y profunda es su fuente de luz, de vigor, la abnegación seria y agradable a Dios y la prueba de su autenticidad.

Otra cualidad de nuestra vinculación con Dios es la de mantenerse en todas las situaciones de nuestra vida, es decir, ha de ser continua. Es estar vinculado lo más posible, aún en los quehaceres más comunes, nunca se aparte de Él.

Si deseamos llevar una vida agradable a los ojos de Dios necesitamos entender el supremo principio de la pedagogía divina: “Lo más grande es el amor” (1 Cor. 13,13) ¿Por qué debemos amar a Dios? “Amamos a Dios porque Él nos amó primero”, así nos lo dice San Juan. ¿Por qué hemos de estar vinculados con Dios? Porque Él está vinculado con nosotros los hombres, es decir: porque nos ama por una bondad libre. La fuente de nuestra vinculación con Dios es la vinculación de Dios con los hombres. Es misterio de amor. Dios nos ama desde toda la eternidad, su amor es eterno, pero también inmensamente grande y entrañable. Si queremos palpar la grandeza y la intimidad de su amor, entonces, hemos de medirlo por la magnitud de sus dones. Nos dio lo más grande que tenía, su Hijo unigénito, a fin de que éste nos redimiera con su inmenso amor.

Dios, además, nos ama con un amor inmensamente desinteresado. Sólo busca vasos vacíos para volcar toda la riqueza de su amor.

¿ Cómo nos da Dios a sentir su amor? Se nos manifiesta cada día y cada hora con su triple actividad. Crea con amor, conserva con amor y gobierna con amor. ¡Cuántas vidas crea Dios en un instante! ¿Qué respeto amoroso y qué respetuoso deberíamos sentir ante toda cosa creada, aún ante las cualidades y los talentos de nuestros prójimos? El Dios creador no abandona a sí mismos a las obras de sus manos, después de crearlas, además las conserva. Dios es el que ha creado el mundo y lo conserva y lo gobierna. Él dirige y gobierna todas las cosas. Nada hay pequeño para Él. A esta actividad amorosa de Dios, por la que rige el universo, solemos llamada providencia divina. Todo lo rige la mano amorosa de la Providencia. Si tenemos alegrías, son un saludo de nuestro Padre Celestial y le devolvemos el saludo como hijos agradecidos. Si nos envía cruz y sufrimiento, considerémoslo como un “cambio de vías”. Sus intenciones son excelentes, sólo quiere decimos: “Coge otra dirección; vas por camino equivocado”. La fe inquebrantable en la Providencia amorosa de Dios hace que tengamos una paz interior tan grande que el trabajo nos satisfaga en todas las situaciones de la vida. Esto hace que el santo de la vida diaria esté persuadido de la cercanía de Dios. En el alma de una persona en gracia, está y actúa Dios como padre y amigo, como cooperador y santificador, es decir, es quien nos hace santos. El santo de la vida diaria muestra de continuo que la vida que palpita en su ser es la respuesta llana del hijo al amor de su padre y lo manifiesta con actos callados de adoración, de amor tierno, magnánimo y con la imitación de Dios.