Reseña Sobre la Simbología que Precedió la Institución Eucarística en las Escrituras




La Eucaristía es la escencia y vida de todo católico.  Es lo que hace de nosotros, los católicos, la auténtica religión y lo que nos une de manera especial con nuestro Creador y Señor.  En ocasiones, las personas piensan que la Eucaristía fue creada por Jesús en el último momento antes de su muerte.  Sin embargo, no nos percatamos que la Eucarístía ya venía siendo señalada desde el antiguo testamento a través de acontecimientos y ritos por parte de nuestros padres en la fe.  Son muchos los ejemplos que podrían citarse a lo largo de las escrituras referentes a la Nueva Alianza.  En cambio, este escrito no pretende abarcar toda la simbología eucarística del antiguo testamento y el nuevo testamento.  El propósito principal es primeramente despertar el deseo de saciar nuestra sed eucarística, que existe intrínsecamente en nuestra alma.  Luego, hacer ver con claridad cómo nuestro Señor nos fue educando y capacitando a través de la historia de la fe para finalmente institucionalizar su plan perfecto de unión con el ser humano: La Eucaristía.
Comenzando con el Antiguo Testamento, en el relato de la creación, ya podemos ver como Dios en el jardín del Edén (Gen. 2) introduce el Árbol de la Vida.  Como todos sabemos, el árbol da frutos, en este caso, frutos de vida.  Esto contrasta con la Eucaristía, la cual es considerada fuente de vida eterna (Jn. 6).  Por lo tanto, el fruto que regala la Eucaristía, es un fruto de vida eterna.
A este ejemplo se le suma el de Melquisedec rey.  Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo, bendijo a Abrahán cuando volvía de derrotar a los reyes, trayendo consigo pan y vino (Entonces Melquisedec, rey de Salem, trajo pan y vino pues era sacerdote del Dios Altísimo.  Melquisedec bendijo a Abrahán, diciendo: “Abrahán, bendito seas del Dios Altísimo, Creador del cielo y de la tierra…[Gen. 14; 14-20]”.  Este es el único acontecimiento que menciona directamente el pan y el vino en el Antiguo Testamento.  Por lo tanto, muchos teólogos consideran este sacrificio como una prefiguración directa de la Eucaristía.  Además, la peculiaridad de que Melquisedec era sacerdote y rey, pues en la tradición bíblica los reyes no se confundían con los sacerdotes, lleva a los autores a comparar a Melquisedec con la figura de Jesús.
En adición, cuando el pueblo de Israel salió de Egipto el Señor les regaló el Maná del cielo.  Yavé dijo a Moisés:“Ahora les hago llover pan del cielo; salga el pueblo y recoja lo que necesita para cada día (Ex. 16; 4)”.  Con este acontecimiento se entiende que el pan de cada día es un don de Dios.  Sin embargo, en los evangelios, el Maná, representa el verdadero pan del cielo, o sea, Cristo, el cual se nos regala como alimento de vida en la Santa Eucarístía.  Para el tiempo de Moisés este alimento providencial hacía que los isrealitas se acercaran a Dios en busca de favores.  Mientrastanto, el pueblo continuaba con las quejas y se rebelaron contra Dios, muriendo en el desierto.  Es por eso que en el Nuevo Testamento Dios propone algo diferente.  En este caso el pan que baja del cielo no es algo, sino Alguien que nos da la vida eterna y que para poder recibirlo hay que dar un primer paso: creer en Cristo.
Además, la sangre del sacrificio del cordero (el cordero pascual) realizado por el pueblo hebreo antes de salir de Egipto (Ex. 12) sella el pacto de Yavé con el pueblo que viene a escoger de entre todos los demás.  De este momento en adelante la Pascua se convirtió en la fiesta de la independencia de Israel y Dios permitirá que Jesús muera y resucite en los días de la Pascua, sellando la Nueva Alianza que Dios realiza con los hombres.  Por consiguiente, cada una de las Eucaristías que se celebran se arraigan en la muerte y resurrección de Cristo, el “Cordero de Dios”.  Es así como el evangelio nos enseña que la Eucaristía será para la iglesia lo que era el cordero pascual para el pueblo de Israel.
Por eso, ya directamente en el Nuevo Testamento, Juan se refiere a Jesús como:“Ese es el Cordero de Dios (Jn. 1; 36)”.  Este Cordero se ofrece en sacrificio por los pecados del mundo y así cumple todos los sacrificios por el pecado del Antiguo Testamento.  Entonces, cuando hace de su persona resucitada el alimento del pueblo, une perfectamente el nuevo pueblo de Dios con su Padre.  Por tal razón Juan también añade que Jesús es el pan que necesita la humanidad (Jn. 6).
Por otro lado, también en el Nuevo Testamento, podemos observar el anuncio de la Eucaristía a través del pasaje de las bodas de Caná (Jn. 2; 1).  En este pasaje se puede apreciar el primer milagro de Jesús en la vida pública, convirtiendo el agua en vino.  Este milagro hace alusión a lo que luego se conocería en la Eucaristía como la Transubstanciación (término designado al proceso de la tranformación del pan en carne y el vino en sangre durante la consagración eucarística).
Es así como los apóstoles, en la primera comunidad, continúan compartiendo la fracción del pan (Hc. 2; 42), ya que confirmaba la presencia de Dios entre ellos y se asemejaba a la vivencia de los discípulos de Emaús (Lc. 24), donde le reconocieron a partir el pan.  Más aún, en este pasaje de Emaús, Lucas utiliza las palabras:“Y mientras estaba en la mesa con ellos, tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dió (versículos 30-32)”, porque que quiere resaltar este evento ya que estas cuatro palabras se utilizaban entre los creyentes para hablar de la Eucaristía[1].
Muchos otros ejemplos podrían citarse referentes a la simbología de la Eucarístía en las Escrituras.  Sin embargo, lo importante es que nosotros como católicos comprendamos que la cortina del templo se rasgó cuando Jesús murió (Mc. 15; 33; Mt. 27; 55) simbolizando que ya Dios no está en aquel lugar donde ningún mortal puede entrar, sino que se ha dado a conocer a todos nosotros.  En el Antiguo Testamento esta cortina dividía el Lugar Santísimo del resto de la feligresía y sólo el Sumo Sacerdote podía entrar a este lugar una vez al año.  Con la muerte y resurrección del Señor esta cortina ya no existe más y el Dios Todopoderoso nos invita a que nos acerquemos a su Santo Sagrario, pero sobre todo a la Santa Eucaristía.
La parábola del banquete de bodas (Mt. 22) nos enseña que la Eucarístía es la única mesa de Cristo donde el banquete está servido.  En cambio, nuestro encuentro en la misa nos debe recordar que Dios nos llama a preparar en la vida diaria el banquete reservado para toda la humanidad.  Si no respondemos al llamado del banquete otros responderán al llamado de hacerse cargo de la obra de Dios, alejándose de nosotros la gracia de Dios.
Que el Señor y la Virgen nos ayuden a comprender a través de esta parábola que el banquete de la Eucaristía está servido y está de nosotros si acudimos al mismo.

[1]Esta y algunas de las explicacioes teológicas de este documento fueron tomadas de La Biblia Latinoamericana (edición pastoral). Editorial Verbo Divino, 1995.





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