Padre Kentenich




Nota: Esto es una copia de una homilía que se presentó durante las misas de aguinaldo en el 2001 en la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe (Bo Campo Alegre, Hatillo).  EMYM no es un representante de los Esclavos de la Eucaristía y María Vírgen.

Los fundadores:

Según el plan del Dios providente, los fundadores son personas escogidas a través de las cuales, Él hace llegar a la Iglesia su gracia renovadora y vivificante. A ellos los hace portadores de carismas, es decir, de gracias especiales del Espíritu Santo, que conforman y alimentan la vida del Pueblo de Dios. Los Sumos Pontífices no han cesado de destacar la importancia que tienen los fundadores para sus comunidades y para la Iglesia. Con insistencia llaman a seguir sus pasos, a imitar su ejemplo y a mantener vivo su espíritu.

El Señor nunca abandona a su Iglesia. Constantemente sale al encuentro de las necesidades y desafíos que ésta padece y elige a personas que se abren a su gracia y conducción providencial. En esta perspectiva se sitúa para nosotros la persona del P. José Kentenich, fundador del Movimiento de Schoenstatt. En él vemos la mano del Dios providente que conduce la historia a través de instrumentos libres y dóciles. Con ocasión del centenario de su nacimiento, en 1985, el Papa Juan Pablo II dirigió a la Familia de Schoenstatt las siguientes palabras: “La experiencia secular de la Iglesia nos enseña que la íntima adhesión espiritual a la persona del fundador y la fidelidad a su misión –una fidelidad que está siempre de nuevo atenta a los signos de los tiempos- son fuente de vida abundante para la propia fundación y para todo el Pueblo de Dios… Vosotros habéis sido llamados a ser partícipes de la gracia que recibió vuestro fundador y a ponerla a disposición de toda la Iglesia.” (Juan Pablo II, Roma, 20 de septiembre de 1985)

El carisma que Dios regaló al P. Kentenich es un carisma preclaramente mariano, marcado por una alianza de amor sellada con la santísima Virgen en el pequeño santuario de Schoenstatt. Un carisma mariano que quiere dar respuesta a las herejías antropológicas de nuestra época y que está orientado hacia la creación de un nuevo tipo de hombre cristiano que, de acuerdo a la persona y misión de la Virgen María, trata de encarnar en medio del mundo la armonía entre lo natural y lo sobrenatural.

La forma más adecuada para conocer el carisma de una comunidad o movimiento eclesial es conocer la vida del fundador. El fundador no sólo proclama su carisma; lo más importante es que él mismo lo encarna. Su vida da testimonio del paso de Dios por la historia. En ella aparecen los dones y talentos que Dios le ha conferido y que quiere hacer llegar al seno de la Iglesia. Para quienes Dios llama a Schoenstatt esto reviste gran importancia, pues en la historia del fundador se delinea la voluntad de Dios no sólo para Schoenstatt en general, sino para su propia vida. Si el Dios providente nos ha llamado a Schoenstatt, ello significa que Él nos llama al seguimiento de su fundador. Tal como a un jesuita le revela su voluntad a través de la vida de San Ignacio, de modo semejante nos manifiesta en forma especialísima nuestra misión y el sentido de nuestra existencia como miembros de Schoenstatt, a través del P. José Kentenich. De aquí que conocer más profundamente su trayectoria de vida constituye un camino privilegiado para conocer nuestra propia vocación y saber qué espera Dios de nosotros.

Estas reflexiones nos mueven a considerar el carisma mariano de Schoenstatt, y concretamente la alianza de amor con María, no en forma teórica, sino, en primer lugar, en la vida del fundador.

¿Quién es el Padre Kentenich?

“Quien tiene una misión ha de cumplirla, aunque conduzca al abismo más profundo y oscuro, aunque un salto mortal siga a otro”, decía con serenidad y total convicción, al atardecer del día 31 de mayo de 1949, en la capillita aún no del todo concluida, a los pies de la cordillera andina, el Padre José Kentenich. Tenía a la sazón 64 años. Esas palabras eran fiel reflejo de su vida. Nació el 18 de noviembre de 1885 en el pueblito de Gymnich (Alemania), a partir de sus nueve años fue internado, durante los cinco siguientes, en un orfanato en Oberhausen. En 1899 ingresa al Seminario Menor de los Padres Pallotinos en Ehrenbreitstein. En 1904 comienza su noviciado. Al cabo de seis años de duras pruebas: una salud muy frágil, crisis de fe que se prolongan por años y un primer rechazo por parte de sus superiores al tratarse su acceso a la ordenación sacerdotal. Es ordenado ministro de Cristo el 8 de julio de 1910. Profesor de latín y de alemán. Director Espiritual en el Seminario Menor de los Padres Pallotinos en Schoenstatt. Fundador del Movimiento Apostólico de Schoenstatt. La Primera Guerra Mundial y la post-guerra. [Tengo duda de qué es] Famoso predicador de retiros para sacerdotes en la década del 20’ y la del 30’; perseguido por el Nacionalsocialismo y prisionero en el campo de concentración de Dachau.

Apóstol internacional (1947-1952). Desterrado en Milwaukee (1952-1965). Rehabilitado en 1965, trabajó activamente en Schoenstatt y Alemania los últimos tres años de su vida. Fallece repentinamente, el 15 de septiembre de 1968, en el Monte Schoenstatt, luego de celebrar la Santa Misa. Los seres humanos, por nuestra condición sensible, buscamos encontrar a Dios, y a lo divino, encarnado en personas humanas concretas. El hombre no puede vivir sin “arquetipos”. No puede sentirse atraído por una religión puramente intelectual, desencarnada. Normalmente llegamos a la realidad invisible, al Dios vivo, a través de signos visibles que nos lo hacen cercano en la tierra. Por eso los hombres y mujeres de Dios siempre son necesarios. Hoy más que nunca. Dice el Concilio Vaticano II: “…en la vida de aquellos que, siendo hombres como nosotros, con mayor perfección se transforman a imagen de Cristo, Dios manifiesta al vivo ante los hombres su presencia y su rostro” (Iglesia, 50). Y también enseña el Concilio que, ante el fenómeno masivo del ateísmo contemporáneo, es tarea de la Iglesia hacer “transparentes” y “como visibles” a Dios Padre y a su Hijo Jesucristo (Iglesia y Mundo 21). Esto fue el Padre Kentenich: un gran “transparente” de la paternidad de Dios. Así lo recuerda una madre de cinco hijos: “Conocí al Padre… me sentí querida, aceptada, acogida y comprendida como nunca antes. Me cambió la vida… ya no le tuve más miedo a la muerte, ni al juicio, ni a Dios… Si un ser humano, un padre terrenal puede dar tanta paz y alegría al alma, cómo será nuestro Padre Celestial”, No es éste el lugar para dar una visión panorámica de la vida del Padre Kentenich. Queremos acercarnos a su persona desde un ángulo bien determinado, a saber: su relación con el movimiento del pueblo y de peregrinos de Schoenstatt. Cabría afirmar dos cosas. Siendo Schoenstatt reflejo de la persona, del espíritu del Padre Kentenich (“ella es y será mi otro yo aquí en la tierra”), es lógico que el Movimiento, en su espiritualidad y en su estructura, ponga de manifiesto la amplitud de corazón, la grandeza de alma, el universalismo de su fundador. Por esta razón, Schoenstatt no podía ser solamente un movimiento destinado a unos pocos, a una elite, a comunidades de jefes. También debía tener una dimensión universal, estar abierto a todos. “El universalismo del Movimiento” -dijo el Padre Kentenich en una oportunidad- “exige que todo tipo de individuos y de personas puedan encontrar en él un hogar” (1935). Para lograr esto es necesario también el Movimiento del pueblo y de peregrinos, que el Padre Kentenich llamó a la existencia en la hora de la fundación (1914) e impulsó concretamente a partir de 1934. Al mismo tiempo, el Padre Kentenich juega un rol decisivo en el movimiento popular. En Schoenstatt la presencia de María en el Santuario, y su mensaje, nos llegan a través del Padre Kentenich. A su vez, éste nos conduce a María, nos conduce al Santuario.