La Gracia del Envío Apostólico




Nota: Esto es una copia de una homilía que se presentó durante las misas de aguinaldo en el 2003 en la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe (Bo Campo Alegre, Hatillo).  EMYM no es un representante de los Esclavos de la Eucaristía y María Vírgen.

No es superfluo meditar, un momento, lo que significa ser apóstol, lo que implica el apostolado. Es menester distinguido claramente del “activismo”, acción de tipo ocasional, a menudo superficial, carente de coherencia interna. El verdadero apóstol cristiano, por vivir en Cristo, por estar sumergido en su misterio, en todas las circunstancias y situaciones de su vida lo hace presente. Da testimonio de Él. Esta misión tiene su fundamento en el hecho de haber sido incorporados a Cristo por el bautismo, de haber sido afianzados en su Espíritu por el sacramento de la confirmación. Así lo enseña el Concilio Vaticano II. Por eso, sólo en la medida en que yo me haya identificado con Cristo, y viva su vida, podré irradiada a los hombres y al mundo.

Desde esta perspectiva, el gran testigo de Cristo ha sido la Virgen María. “Modelo perfecto de esta espiritualidad apostólica” -dice el Concilio Vaticano II- porque mientras vivió en este mundo una vida igual a la de los demás, llena de preocupaciones familiares y de trabajos, “estaba constantemente unida con su Hijo y cooperó de modo singularísimo a la obra del Salvador” (Seglares, 4). Ella es, verdaderamente, la Reina de los Apóstoles. La Escritura nos la muestra reunida en el Cenáculo, en medio de los apóstoles, que perseveraban unánimes en la oración (cf Hechos, 1,14). Imagen del pasado, pero también realidad de todos los tiempos, que quiere renovarse en nuestros días. ” … al terminar esta meditación con una calurosa y humilde invitación a la oración, deseo que se persevere en ella unidos a María, Madre de Jesús, al igual que perseveraban los apóstoles y los discípulos del Señor, después de la Ascensión, en el Cenáculo de Jerusalén”. Juan Pablo II, encíclica Redemptor hominis, 22).

Con su oración humilde y ardiente, María imploró la venida del Espíritu sobre los apóstoles. Ella lo implora también para que venga a nosotros, a fin de ser transformados, siempre más, en Cristo su Hijo. A fin de asemejamos a Él, reproduciendo en nosotros su imagen (Cf. Rom. 8,29). A fin de ser auténticos discípulos de Cristo, es decir, hombres y mujeres llenos del Espíritu Santo, que viven y actúan como “agentes” o instrumentos suyos en la tierra. De ahí que el verdadero apóstol viva desprendido de sí mismo y adicto a Cristo; vaya muriendo, día a día, “el hombre viejo” a fin de que surja en él “el hombre nuevo”, es decir, Cristo; no busca su éxito personal, sino la victoria de su Señor. Esté siempre alegre, también en medio de las luchas y pruebas de la vida, al saberse, en toda circunstancia, cobijado en el amor misericordioso y fiel del Padre.

En Schoenstatt la Virgen María es “nuestra fundadora, nuestra Señora, nuestra Reina” (p. Kentenich, 18.10.1939). La consagración, la alianza que sellamos con María en el Santuario, y que procuramos poner en práctica en la vida cotidiana, es garantía de un impulso apostólico siempre renovado. Y así debe ser. Todo encuentro verdadero con María nos debe llevar más profundamente a Cristo, a identificamos con Él, y por eso a compartir, también, su misión redentora. “Madre tres veces Admirable, enséñanos a combatir como luchadores tuyos… para que el mundo por ti renovado glorifique a tu Hijo Jesús”, dice una de las primeras oraciones que viven en la tradición de la Familia de Schoenstatt.

Envío apostólico:

Schoenstatt, un movimiento de profunda espiritualidad, que impulsa a sus miembros a la santificación personal. Pero “esta santificación se orienta al apostolado y de él vive, e inflama con su ardor el celo por las almas” (HP 492). “No conocemos ningún apostolado sin interioridad, y ninguna interioridad sin apostolado” (p. Kentenich). María, “la gran Misionera” (S. Vicente Pallotti) nos quiere impulsar a la acción, al trabajo apostólico. En nuestro propio ambiente: en mi familia, en el trabajo, en el colegio o la universidad, en mi ambiente social, en mi parroquia o en la diócesis.

Envío apostólico:

De modo particular queremos ser apóstoles de María. Darle a conocer, llevar a todos sus hijos a consagrarse, a sellar una alianza de amor con ella (ésta es una dimensión esencial del Mensaje de Schoenstatt). ¿Qué puedes hacer, concretamente? Te enumero algunas posibilidades:

1. Entronizar la imagen de María en tu casa, erigiendo allí un “Santuario del Hogar”.
2. Enseñar a rezar el Santo Rosario.
3. Peregrinar y fomentar peregrinaciones a los Santuarios Marianos.
4. Celebrar las fiestas de la Virgen María.
5. Vivir el “Mes de María”.
6. Difundir el rezo del Angelus.
7. Promover las lecturas marianas (de modo particular, el magisterio mariano de S.S. Juan Pablo II).

Apostolado mariano:

Queremos dar a conocer la presencia peculiar de la Virgen María en su Santuario de Schoenstatt. El Padre Kentenich así lo expresa en una oración:

“Proclamaremos tu nombre con valentía y guiaremos a los hombres hasta tu Santuario”. (HP 511)

Proclamaremos tu nombre. Es decir, anuncia remos también a la Sma. Virgen María como Madre, Reina y Vencedora tres veces Admirable de Schoenstatt. Daremos testimonio de las gracias que ha concedido desde allí. Daremos a conocer la vida del instrumento sacerdotal que ella escogió para manifestarse desde ese lugar. Cabría pensar aquí qué se puede hacer para dar a conocer este lugar de gracias a las familias, los colegios y las parroquias.

“…y guiaremos a los hombres hasta tu Santuario.” A veces llevaré a una persona que tiene un problema, que necesite estar en paz. Otras veces invitaré a una familia, a un grupo escolar, a una parroquia, a una institución o movimiento apostólico. Quien llegue al Santuario con un corazón abierto y creyente, no saldrá del mismo con las manos vacías. De una u otra manera se tomará, a su vez, apóstol del Santuario. Y así irá ampliándose el círculo de aquellos que, en la pequeña Capillita, han experimentado la gloria de María.

Palabras del P. Kentenich:

Lo mismo debiéramos decir de la tercera gracia de peregrinación. la gracia de la fecundidad apostólica. Desde que nos hemos esforzado como familia por vivir nuestra entrega en blanco, desde que nos hemos entregado con tal disponibilidad en manos de la Santísima Virgen, podemos esperar una gran fecundidad apostólica. Nosotros hemos recibido una misión de Dios a través de María y lo que hasta ahora, había impedido a la Santísima Virgen la realización de dicha misión, era el hecho de que ésta dependía de nuestra disponibilidad, por eso esperamos ahora una inmensa fecundidad. Mientras más disponibles estemos nosotros para el reino de Dios, tanto más profundamente crecerá éste en nosotros. Y mientras más crezcamos en Dios, tanto más confiado será nuestro caminar a través de los peligros de la vida.

Nuestra súplica de fe a la Madre tres veces Admirable debería obtenernos una vigorosa gracia de transformación expresada en una confianza inconmovible en el Padre Dios. (P Kentenich, 1940)