La Gracia del Cobijamiento




Nota: Esto es una copia de una homilía que se presentó durante las misas de aguinaldo en el 2001 en la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe (Bo Campo Alegre, Hatillo).  EMYM no es un representante de los Esclavos de la Eucaristía y María Vírgen.

El drama de hoy no es la velocidad de la vida, las renovadas exigencias que nos plantean, las durezas de la lucha diaria. El drama verdadero es la falta de valores trascendentales que le den a la vida su sentido definitivo, que le den andamiento. El drama, es el desarraigo espiritual, que genera incontables nómadas espirituales, vagos y vagabundos. Es la falta de estabilidad y consistencia de los vínculos personales. De arraigo a lugares y a una tradición. En definitiva, la falta de cobijamiento en Dios.  El hombre, por ser creatura, por no tener su última seguridad en sí mismo, es un ser inseguro, un ser en riesgo. Nadie puede eludir esta dimensión de la condición humana. Ciertamente, hay múltiples formas de evadirla, pero ninguna evasión puede ser una solución verdadera. Si hemos sido creados por Dios, si Dios es nuestro destino último, si de Él venimos y a Él vamos, no hay otra solución que nuestra entrega radical a Él. La dimensión más profunda de nuestro ser es la filial. Un hijo sólo podrá hallar la paz si se encuentra con su padre y con su madre. Esto, a su vez, hace posible el encuentro con los hermanos. Cristiano significa, en lo más hondo, ser, en Cristo, hijo de Dios Padre: “¡Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues lo somos!” (1 Jn 3,1). Ser cristiano significa haber recibido el Espíritu Santo, que no es un espíritu de esclavos para recaer en el temor, sino “un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios” (Ro. 8,15-16). Cristiano es aquel que se sabe hermano de los hombres, es tener la experiencia de participar de una historia, que es historia de salvación, y que un día culminará en la eternidad.  El encuentro con la Virgen María en el Santuario es, ante todo, el encuentro de un hijo, de una hija, con su Madre. Es la experiencia de ser acogido, aceptado, enaltecido; en toda mi realidad, con mis luces y mis sombras, con mis éxitos y mis fracasos, con lo bueno y lo malo que hay en mí. En el Santuario me siento cobijado, me siento bien. “Todos los que acudan acá para orar deben experimentar la gloria de María y confesar: ¡qué bien estamos aquí! ¡establezcamos aquí nuestra tienda! ¡éste es nuestro rincón predilecto!”. (P. Kentenich, 18/10/1914)

Ningún hijo puede explicar con palabras lo que su madre significa para él. Mucho menos podemos hacerlo tratándose de la Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra. Ella tiene un carisma maternal misterioso, extraordinario, universal, único. Como lo enseña acertadamente Puebla: “María, Madre, despierta el corazón filial que duerme en cada hombre. En esta forma, nos lleva a desarrollar la vida del bautismo por el cual fuimos hechos hijos” (DP 295).

El Padre Kentenich, prisionero en el campo de concentración de Dachau (Alemania), expresaba esta experiencia en forma profunda y sencilla: “La Madre me ha aceptado con bondad y, como sólo ella puede hacerlo, se ha comprometido a cuidarme  fielmente en cada circunstancia de la vida, para que, alegre, algún día me acoja la aurora pascual”.  La vida de muchos hijos e hijas de Schoenstatt es un testimonio auténtico de que Nuestra Señora de Schoenstatt, desde su Santuario, ha regalado en abundancia, esta primera gracia de la peregrinación: el cobijamiento espiritual. Su fruto ha sido una creciente actitud de total confianza (y no de temor o de angustia) ante la vida, frente a la muerte y más allá de la muerte. Y así debe ser. El mayor don que hemos recibido de Dios, y la norma fundamental del cristianismo es el amor: Dios es amor -dice San Juan- y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él… No hay temor en el amor; si no que el amor perfecto expulsa al temor (1 Jn 4,16.18). Una oración sencilla y profunda del Padre Kentenich sintetiza muy bien esta gracia del cobijamiento: “En tu poder y en tu bondad confía, con sencillez filial el alma mía. En ti y en tu hijo, en cada situación, confía ciego, Oh Madre, mi corazón.”

Palabras del P. Kentenich:

Con toda intención hablo de una gracia de arraigo o de cobijamiento espiritual. Se trata de lograr el pleno arraigo en el corazón de Dios eterno. Pues nuestra convicción más inconmovible es ésta, que el corazón de María es el corazón de Jesús y el corazón del Padre Dios vueltos hacia nosotros. Existen muchas y muy diversas formas de sufrimiento. Los hombres podemos ser asaltados ora por unas, ora por otras. Pero el sufrimiento más penoso de todos es el del desarraigo espiritual. ¡Y para cuánta gente es hoy este desarraigo, es decir, la posibilidad de quedar sin patria y sin hogar espiritual, un peligro inminente! Nos encontramos espiritualmente desarraigados y descobijados cuando comenzamos a perder lentamente la fe que recibimos en nuestra infancia y que logró plasmar nuestra vida.  Estamos interiormente desarraigados, cuando se apagan en nosotros todos los anhelos de cosas grandes. Es tal, la cantidad de nuevas ideas que nos invaden, que las grandes verdades de la fe se ven arrastradas por la corriente. Frente a esto, María quiere ofrecernos la gracia del arraigo espiritual.  ¿Qué quiere darnos? Un arraigo profundo en las grandes verdades de la fe; en aquéllas que hicieron felices a nuestros antepasados, en aquéllas que Jesús nos trajo como verdades eternas. ¿Cómo suena esto frente al mundo de hoy? “Yo soy la verdad”, parece decirnos Cristo: ¿Y dónde está hoy día la verdad? “Yo soy la verdad”. María quiere concedemos las gracias de peregrinación, aquéllas que, según nuestra experiencia, sabemos que podemos implorar en Schoenstatt. Ella desea ofrecemos aquí un hogar espiritual, un terruño, una patria. ¿Dónde reside la fuente más profunda para nuestra confianza? En el Padre Dios, en el Dios eterno. ¿Y a quién ha participado Dios su poder? A María, la Madre de Dios.

Pensemos en la falta de hogar espiritual, en el desarraigo del hombre de hoy. Todos anhelamos sentimos cobijados en el corazón de alguien. Pero el corazón humano está lleno de infidelidades.  ¿Qué debería significar el cobijamiento que buscamos en un corazón humano? Debería abrirnos el camino hacia nuestro arraigo y cobijamiento en el corazón mismo de Dios. Debería llevarnos a anclamos profundamente en Dios, debería impulsarnos y elevarnos hacia Dios por encima de todo desengaño humano. Está claro, lo que llamamos arraigo espiritual es el arraigo en el corazón de Dios. Pues, ¿no es acaso el Dios vivo la causa de toda nuestra confianza? San Agustín acuñó este pensamiento: “Quien ha buscado su apoyo junto al rostro de Dios, no teme en absoluto al rostro de los poderosos de este mundo”. Realmente, la fuente de nuestra confianza reside en esta gracia del cobijamiento. (…) La gran condición previa para todo lo grande y lo bueno que Dios nos pueda regalar, es la entrega total a la búsqueda del Reino de Dios y de su justicia. Aquí nos movemos en nuestro terreno propio. Si hemos recibido la gracia de encontrar nuestro hogar en el corazón del Dios vivo, entonces podrá ocurrir lo que sea y todo será siempre para nuestro bien. Podrán sacudirnos muchas tormentas, podrán arrancamos del corazón nuestras cosas y a nuestros seres más queridos; sin embargo, tendremos la más segura certeza de que todo aquello sucede para nuestro bien. Esta es la gran condición que cada uno de nosotros debe tratar de cumplir, pertenecer a Dios con todo su ser, de día y de noche, en medio de los golpes del destino como en los días de alegría.

Arraigo y cobijamiento espiritual:

Cuando se nos regala esta gracia, podemos tener una confianza inmensa e inalterable en el Dios de la vida. Pero no debemos interpretar esto como si se tratase de una garantía en el sentido de que ninguno de los nuestros morirá (debe recordarse que esta plática fue dada en medio de la segunda guerra mundial NT). Sin duda que de cuando en cuando nos ocurrirán desgracias, pero cuando nos ocurra una desgracia, entonces debemos estar seguros de que nos es enviada por Dios para nuestro bien. Es Dios que quiere arraigarnos más profundamente en su corazón y asemejamos más a su Hijo Unigénito. Por nuestro arraigo en el corazón de Dios estamos como fuera del mundo, como más allá del mundo y de sus pruebas.  Un sabio afirmó una vez: “Denme un punto de apoyo situado fuera del mundo y yo lo moveré, haciendo saltar el mundo de sus goznes”. De igual manera, si nosotros alcanzamos un profundo arraigo y cobijamiento espiritual en Dios,  podremos dominar la vida que nos causa hoy día tantas heridas. Y levantaremos al mundo de sus goznes.