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Alianza de Amor

Monday, May 18th, 2009

Nota: Esto es una copia de una homilía que se presentó durante las misas de aguinaldo en el 2003 en la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe (Bo Campo Alegre, Hatillo).  EMYM no es un representante de los Esclavos de la Eucaristía y María Vírgen

La espiritualidad de Schoenstatt quiere ayudar a las personas en el logro de una honda vivencia de fe. Para ello, por medio de una alianza con la Virgen María procura experimentar a Dios, como al Dios de la vida y la historia; quien con amor de Padre providencial y misericordioso conduce a los hombres. También, como un Padre que nos llama a seguir a Jesús haciéndonos corresponsables por su Iglesia, para servirle como instrumentos y apóstoles y para construir un nuevo orden social. En el cumplimiento de esta tarea, las comunidades de Schoenstatt ofrecen vigorosos impulsos.

Schoenstatt quiere conducir nuevamente al mundo a una profunda alianza de amor con la querida Virgen María, para que la alianza con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo llegue a ser indeleble, honda e indestructible, y como tal se conserve siempre. Él amplió horizonte del mundo está entre nosotros y nos recuerda que no sólo luchamos por una nueva concepción de la sociedad, sino que también queremos todo un mundo nuevo. La carencia de alma y el sin sentido del mundo se superan en la medida en que estamos penetrados de esta convicción: Dios selló una alianza con sus criaturas.

La idea de la alianza es la intención principal de Dios y de la Iglesia y también usted ha sido aceptado en esta alianza divina por la alianza bautismal. En el Nuevo Testamento, la alianza de redención comenzó con el Fiat de María en el momento de la ;Anunciación: fue sellada por la muerte redentora en el Calvario y perfeccionada por el envío del Espíritu Santo en Pentecostés. La Iglesia quiere realizar siempre esta gran intención de Dios. Su tarea es esencialmente aceptar a los hombres en esta alianza de redención entre cielo y tierra por el Bautismo, afirmarlos en ella por los sacramentos de la Confirmación y de la Eucaristía, llamarlos de nuevo, aceptarlos otra vez por los sacramentos de la Penitencia, de la Unción de los Enfermos y santificarlos para los estados especiales de vida con el Orden Sagrado y el Matrimonio.

La alianza redentora que reconocimos como la intención principal de Dios y de la Iglesia, recibe en Schoenstatt un sello original según su misión especial. Así, la idea de la alianza que Schoenstatt pone tanto en el centro de nuestra atención es muy católica y al mismo tiempo muy antigua. La misión de Schoenstatt es llevar a la humanidad, por la Alianza de Amor con María, a la Alianza de Amor con el Dios Uno y Trino.

La original Alianza de Amor schoenstattiana, que en último término se basa en la alianza bautismal, quiere ayudamos a formar vida conscientemente por la idea de la alianza y con eso llevarnos al pleno desarrollo de maduración de la gracia bautismal. La vida de la Alianza de Amor schoenstattiana no es otra cosa que la alianza bautismal vivida con un carácter original.

El pensamiento de alianza ha echado raíces tan profundas en nuestra conciencia y en nuestro sentimiento vital que sin vacilar la podemos designar como nuestra forma fundamental, nuestro sentido fundamental, nuestra fuerza y nuestra norma fundamental.

La alianza con Cristo en la cual nosotros participamos por el bautismo, tiene una modalidad mariana, pues Cristo quiso redimimos con la cooperación de María, su Madre y compañera permanente.

La Alianza de Amor en Schoenstatt no es sino una actualización y profundización de la nueva alianza en Cristo hecha a través y con María. María como colaboradora permanente del Señor y Madre de la Iglesia según el designio del Padre Dios, busca atraer a los hombres hacia sí, para llevarlos, en Ella, a Cristo y comprometerlos en la construcción del Reino de Dios.

La alianza es un compromiso mutuo de amor por medio del cual ambos contrayentes adquieren derechos y deberes. De aquí nuestro lema: Nada sin Ti, nada sin nosotros. El amor impulsa a la alianza, el amor forma la alianza, el amor sirve a la alianza, y el amor permanece fiel a la alianza. Pero el amor no tiene límites.

La Alianza de Amor en Schoenstatt es punto de partida y fundamento para la obra mundial de renovación. Por la Alianza de Amor vivida, Schoenstatt da una respuesta eficaz a las múltiples angustias de la época.

La idea de la Alianza de Amor ha crecido tan profundamente en nuestra conciencia y sentimiento de vida, que la podemos denominar nuestra forma, sentido, fuerza y normas fundamentales.

Palabras del P. Kentenich:

El lugar que ocupa la santísima Virgen en el plan de salvación, así como la realidad del tiempo actual y de la vida, nos impulsan con suave violencia a los brazos y al corazón de Marta, nuestra Madre y Educadora. No sólo ella nos aconseja cobijamos en forma segura y permanente en su corazón, también lo hace el Santo Padre al indicamos que realicemos por nuestra parte la consagración a su sagrado corazón, la que él mismo ha hecho solemnemente dos veces, al consagrar el mundo entero a su corazón.

Esta consagración significa a la vez una alianza de amor mutua entre la Madre tres veces admirable y nosotros. Es un intercambio mutuo de corazones, bienes e intereses. Así lo expresó Grignon de Montfort: ” Cuando ella (la santísima Virgen) ve que alguien se le regala enteramente (por la consagración como alianza de amor)… entonces ella se regala total y plenamente de una manera indescriptible a Aquél que (en la fuerza de la alianza de amor) se le entrega. Ella lo sumerge en el abismo de sus gracias, lo adorna con sus méritos, lo apoya con su poder, lo ilumina con su luz, le regala sus virtudes: su humildad, su fe, su pureza, todo. Ella se convierte en su garantía, en su complemento, en todo ante Jesús. En una palabra: Ya que esa persona (en la fuerza de la alianza de amor) pertenece enteramente a Maña, María (en razón de la misma alianza de amor) pertenece enteramente a ella.

Lo que nosotros llamamos contribuciones al Capital de gracias, es la expresión de esta alianza. Nosotros nos regalamos por entero y con todo lo nuestro a la santísima Virgen y, por eso mismo, esperamos como regalo recíproco a ella misma y a todo lo que le es propio. Sobre todo, esperamos que ella nos transforme en Cristo, que Él nos conduzca al Padre y que nos integre en su misión de ayuda permanente del Señor, y así nos utilice como instrumentos para la redención y pacificación del mundo. La Santísima Virgen toma muy en serio una alianza tal.

Intercambio mutuo de corazones
El intercambio recíproco de intereses y bienes entre ambos contrayentes de la alianza, entre la santísima Virgen y nosotros, es profundamente eficaz a lo largo del tiempo, sólo si está enraizado en un perfecto intercambio mutuo de corazones o de amor

Yo me esfuerzo en amar a la santísima Virgen, tanto en la actitud como en los hechos, con la misma intensidad con la que ella me ama. Sólo así entenderemos lo que quiere decir el perfecto intercambio mutuo de corazones o de amor Se trata de dar corazón por corazón. Lo que vale es corazón por corazón, hasta que ambos corazones latan al unísono: dos corazones y un solo latir, o bien, hasta que se produzca una fusión mutua de corazones, perfecta y permanente. Lo que significa esto, se esclarece sobremanera si se compara corazón con corazón.

Alianza y Sacrificio

Para quien conoce el mundo del amor, o para quien ya ha hecho de la alianza de amor con la santísima Virgen el contenido de su vida, sabe por experiencia que el amor vive del sacrificio y que el sacrificio alimenta el amor Esta ha sido desde siempre una ley inalterable en el reino del amor.

Madre, Reina y Vencedora Tres veces Admirable de Schoenstatt

Monday, May 18th, 2009

Nota: Esto es una copia de una homilía que se presentó durante las misas de aguinaldo en el 2001 en la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe (Bo Campo Alegre, Hatillo).  EMYM no es un representante de los Esclavos de la Eucaristía y María Vírgen.

Vamos a explicar ahora el nombre de “esta” Virgen. Comencemos por el final. El hecho de llevar un nombre extranjero, en alemán (idioma difícil para nosotros, los latinos) crea una primera dificultad. A veces se levantan voces preguntando si no sería posible traducir, o eventualmente cambiar, el nombre de “Schoenstatt”. Tales reacciones son comprensibles. Pero el nombre no se puede cambiar. ¿Por qué? Porque expresa un vínculo fundamental al lugar concreto (en este caso Schoenstatt, en Alemania) donde la Sma. Virgen ha querido manifestarse. El nombre de una persona, sea individual o colectivo, no es algo accidental. Revela, de alguna manera, lo que la persona es y quiere poner de manifiesto lo típico de su misión. Todo nombre tiene también su historia. Así el de “esta” Virgen, cuyo título oficial es el de “Madre, Reina y Vencedora tres veces Admirable de Schoenstatt”. ¿Cómo, entonces, surgió el mismo? Debemos retroceder hasta la fundación de Schoenstatt, a los años de la Primera Guerra Mundial. A través de la Congregación Mariana se introdujo en Schoenstatt el nombre de “Madre tres veces Admirable”, ésta se inspiró en la famosa Congregación Mariana de Ingolstadt (donde María era venerada bajo la advocación: “Mater ter admirabilis”. Madre tres veces Admirable, título preferido por su santo inspirador, el Padre Rem, SJ). En aquella época circulaba entre los jóvenes congregantes una oración, compuesta por el Padre Kentenich, que comenzaba así: “Madre tres veces Admirable, enséñanos a combatir como luchadores tuyos…”. Más tarde se añadió al nombre oficial de la Virgen de Schoenstatt la palabra: “Reina”. Fue en tiempos de la lucha contra el nacionalsocialismo. Como en todos los demás movimientos e instituciones católicas de Alemania, Schoenstatt fue perseguido por la dictadura nazi. Desde un plano puramente humano, fue una lucha muy desigual. El Padre Kentenich la comparó, en su momento, al enfrentamiento del pequeño David con el gigante Goliath. La Familia de Schoenstatt, juntando fuerzas en sí misma, tomó conciencia de la consagración y de la alianza de amor que la unía a la Virgen María. Surgió entonces en sus filas una corriente de coronación, tanto en Schoenstatt, como más tarde entre los

prisioneros schoenstattíanos en el campo de concentración de Dachau. Aquí fue coronada como “Reina del campo de concentración”. Con este acto de piedad mariana, querían reconocer, ante María, su desvalimiento humano, pero al mismo tiempo, el poder real de la Sma. Virgen, expresando la total disponibilidad a su servicio. A su regreso del campo de concentración, el Padre Kentenich renovó solemnemente esta coronación en Schoenstatt, el 18 de octubre de 1946, proclamando a la Virgen María “Reina del mundo”.

El título de “Vencedora” es más reciente, y surge también de la historia de la Familia de Schoenstatt. Pocos años después de su liberación del campo de concentración, comenzaron para el Padre Kentenich y para Schoenstatt duras pruebas. Esta vez las dificultades fueron con la Iglesia, resultando para el Fundador un destierro de catorce años (1951-1965, la mayor parte de los cuales transcurrió en Milwaukee, U.S.A., de 1952 a 1965). El mismo concluyó con su rehabilitación en Roma, durante el transcurso de la cuarta y última sesión del Concilio Vaticano II, por el Papa Pablo VI. Para Schoenstatt fueron tiempos muy duros. Por momentos no se vislumbraba, humanamente hablando, ninguna solución a los problemas planteados. En medio de muchas oscuridades, el Padre Kentenich mantuvo impertérrito una total confianza en la victoria final de la Sma. Virgen. Los acontecimientos del año 1965 (su ida a Roma y su rehabilitación, que culminaron con su regreso a Schoenstatt en la nochebuena de ese año, tras 14 años de ausencia) produjeron un cambio decisivo en la situación. En reconocimiento a la manifiestación de la Virgen María en la liberación del Padre Kentenich. Éste decide coronarla en Liebfrauénhóhe el 31 de mayo de 1966 y quiso en adelante, el título de Madre y Reina de Schoenstatt se añadiese el de “Vencedora”. Antes de concluir, valga una aclaración, comenzamos explicando el nombre oficial de “esta” Virgen. Hay que responder la pregunta: ¿Por qué hay tantas advocaciones diferentes de la Virgen María? ¿Qué significa esto?. A veces, gente sencilla puede confundirse, como si se tratara de “diversas” vírgenes. La respuesta es simple: no es que haya diversas vírgenes, por más que hablemos de la Virgen de Lujan, la Virgen de Itatí, la Virgen del Valle, la Virgen de Fátima, la Virgen de Lourdes, de María Auxiliadora… o cualquier otra de las múltiples advocaciones o títulos existentes es la misma Virgen María. Es cuestión de cambiar la preposición “de” por la preposición “en ” en cuyo caso, se esclarece la cuestión. Existe una única y misma Virgen María, Madre de Dios y Madre de todos los hombres, que se ha manifestado y se manifiesta en diversos lugares: en Lujan; en Itatí; en Lourdes, o como María Auxiliadora. Al hablar de la Virgen de Schoenstatt, queremos decir lo mismo: es la Virgen María que se ha manifestado en Schoenstatt.

Hemos aclarado el título oficial de Nuestra Señora de Schoenstatt. Pero esto no significa que el mismo se use en forma cotidiana. Cada persona tiene también un nombre “oficial”, pero en la vida cotidiana se le llama normalmente, con nombres más familiares o cortos. Es así, como uno escucha hablar en Schoenstatt de la “Madre y Reina”, de “la Mater”, de la “MTA”, de “Nuestra Señora de Schoenstatt” u otros apelativos. Todas son posibilidades válidas.

Historia:

El cuadro original fue pintado al óleo en la última década del siglo XIX por el pintor suizo Luigi Crosio, quien nació en Alba el 1835, falleció el 1915 en Turín, bajo el título: “Refugium Peccatorum” (Refugio de los pecadores). Es muy probable que su hija Ana haya posado como modelo del retrato de la Mater y su nieto para el niño Jesús, como demuestran los estudios recientes. Actualmente la pintura está en posesión de las Hermanas de María.

Dicho en términos modernos, la imagen tuvo record de ventas. El 10 de octubre de 1898 la imprenta de Zürich de los hermanos Künzii compró los derechos de la imagen y la comercializó en diferentes versiones, entre las que se encuentra también, la impresión litográfíca en colores. Después de 1914, cuando los alumnos que en Schoenstatt se formaban para las misiones buscaban junto con su director espiritual una imagen de María para la antigua capillita de San Miguel, el profesor Huggle de la institución compró, en una tienda de antigüedades, una de estas impresiones litográfícas y se la regaló en 1915 a la joven Congregación Mariana.

Recién llagada la imagen a Schoenstatt, recibió el título de “Mater ter Admirabilis”, Madre tres veces Admirable. La Santísima Virgen fue venerada bajo este título en el siglo XVI en Ingolstadt donde el sacerdote jesuita Padre Jacobo Rem había fundado la primera Congregación Mariana en la Universidad de Bavaria. En 1935 el Padre Kentenich explica lo que esta imagen significa para Schoenstatt: “Es verdad que así como el pueblo sencillo la acoge con alegría, para nuestra gente culta es, no pocas veces, “piedra de escándalo” que causa un sentimiento de rechazo y por eso una crisis en relación al Movimiento. La imagen llegó a la capilla en 1915, en cierto modo provisionalmente, para sacarnos de un apuro. Dado que el Movimiento ahora ha crecido con ella, no se la puede separar más”. Nuestra manera de pensar fue aprobada con el tiempo incluso hasta con cierto entusiasmo. Es muy probable que si nuestra imagen fuera del gusto moderno, muy pronto el Movimiento sucumbiría ante el peligro de cierto naturalismo, de un esteticismo religioso o de un intelectualismo, y esto, significaría escuchar su “sentencia de muerte”. Así en cambio, cada persona culta interesada en él se ve exigida a tomar una decisión personal, a dar una mirada más profunda a las fuerzas que obran en él y de esta manera a afirmar o rechazar al Movimiento como movimiento de vida y gracias. En la imagen está permanentemente simbolizado y expresado el “escándalo de la cruz” con lo cual se toma efectiva la gran ley del Reino de Dios: “Y ensalzó a los humildes”.

Padre Kentenich

Monday, May 18th, 2009

Nota: Esto es una copia de una homilía que se presentó durante las misas de aguinaldo en el 2001 en la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe (Bo Campo Alegre, Hatillo).  EMYM no es un representante de los Esclavos de la Eucaristía y María Vírgen.

Los fundadores:

Según el plan del Dios providente, los fundadores son personas escogidas a través de las cuales, Él hace llegar a la Iglesia su gracia renovadora y vivificante. A ellos los hace portadores de carismas, es decir, de gracias especiales del Espíritu Santo, que conforman y alimentan la vida del Pueblo de Dios. Los Sumos Pontífices no han cesado de destacar la importancia que tienen los fundadores para sus comunidades y para la Iglesia. Con insistencia llaman a seguir sus pasos, a imitar su ejemplo y a mantener vivo su espíritu.

El Señor nunca abandona a su Iglesia. Constantemente sale al encuentro de las necesidades y desafíos que ésta padece y elige a personas que se abren a su gracia y conducción providencial. En esta perspectiva se sitúa para nosotros la persona del P. José Kentenich, fundador del Movimiento de Schoenstatt. En él vemos la mano del Dios providente que conduce la historia a través de instrumentos libres y dóciles. Con ocasión del centenario de su nacimiento, en 1985, el Papa Juan Pablo II dirigió a la Familia de Schoenstatt las siguientes palabras: “La experiencia secular de la Iglesia nos enseña que la íntima adhesión espiritual a la persona del fundador y la fidelidad a su misión –una fidelidad que está siempre de nuevo atenta a los signos de los tiempos- son fuente de vida abundante para la propia fundación y para todo el Pueblo de Dios… Vosotros habéis sido llamados a ser partícipes de la gracia que recibió vuestro fundador y a ponerla a disposición de toda la Iglesia.” (Juan Pablo II, Roma, 20 de septiembre de 1985)

El carisma que Dios regaló al P. Kentenich es un carisma preclaramente mariano, marcado por una alianza de amor sellada con la santísima Virgen en el pequeño santuario de Schoenstatt. Un carisma mariano que quiere dar respuesta a las herejías antropológicas de nuestra época y que está orientado hacia la creación de un nuevo tipo de hombre cristiano que, de acuerdo a la persona y misión de la Virgen María, trata de encarnar en medio del mundo la armonía entre lo natural y lo sobrenatural.

La forma más adecuada para conocer el carisma de una comunidad o movimiento eclesial es conocer la vida del fundador. El fundador no sólo proclama su carisma; lo más importante es que él mismo lo encarna. Su vida da testimonio del paso de Dios por la historia. En ella aparecen los dones y talentos que Dios le ha conferido y que quiere hacer llegar al seno de la Iglesia. Para quienes Dios llama a Schoenstatt esto reviste gran importancia, pues en la historia del fundador se delinea la voluntad de Dios no sólo para Schoenstatt en general, sino para su propia vida. Si el Dios providente nos ha llamado a Schoenstatt, ello significa que Él nos llama al seguimiento de su fundador. Tal como a un jesuita le revela su voluntad a través de la vida de San Ignacio, de modo semejante nos manifiesta en forma especialísima nuestra misión y el sentido de nuestra existencia como miembros de Schoenstatt, a través del P. José Kentenich. De aquí que conocer más profundamente su trayectoria de vida constituye un camino privilegiado para conocer nuestra propia vocación y saber qué espera Dios de nosotros.

Estas reflexiones nos mueven a considerar el carisma mariano de Schoenstatt, y concretamente la alianza de amor con María, no en forma teórica, sino, en primer lugar, en la vida del fundador.

¿Quién es el Padre Kentenich?

“Quien tiene una misión ha de cumplirla, aunque conduzca al abismo más profundo y oscuro, aunque un salto mortal siga a otro”, decía con serenidad y total convicción, al atardecer del día 31 de mayo de 1949, en la capillita aún no del todo concluida, a los pies de la cordillera andina, el Padre José Kentenich. Tenía a la sazón 64 años. Esas palabras eran fiel reflejo de su vida. Nació el 18 de noviembre de 1885 en el pueblito de Gymnich (Alemania), a partir de sus nueve años fue internado, durante los cinco siguientes, en un orfanato en Oberhausen. En 1899 ingresa al Seminario Menor de los Padres Pallotinos en Ehrenbreitstein. En 1904 comienza su noviciado. Al cabo de seis años de duras pruebas: una salud muy frágil, crisis de fe que se prolongan por años y un primer rechazo por parte de sus superiores al tratarse su acceso a la ordenación sacerdotal. Es ordenado ministro de Cristo el 8 de julio de 1910. Profesor de latín y de alemán. Director Espiritual en el Seminario Menor de los Padres Pallotinos en Schoenstatt. Fundador del Movimiento Apostólico de Schoenstatt. La Primera Guerra Mundial y la post-guerra. [Tengo duda de qué es] Famoso predicador de retiros para sacerdotes en la década del 20’ y la del 30’; perseguido por el Nacionalsocialismo y prisionero en el campo de concentración de Dachau.

Apóstol internacional (1947-1952). Desterrado en Milwaukee (1952-1965). Rehabilitado en 1965, trabajó activamente en Schoenstatt y Alemania los últimos tres años de su vida. Fallece repentinamente, el 15 de septiembre de 1968, en el Monte Schoenstatt, luego de celebrar la Santa Misa. Los seres humanos, por nuestra condición sensible, buscamos encontrar a Dios, y a lo divino, encarnado en personas humanas concretas. El hombre no puede vivir sin “arquetipos”. No puede sentirse atraído por una religión puramente intelectual, desencarnada. Normalmente llegamos a la realidad invisible, al Dios vivo, a través de signos visibles que nos lo hacen cercano en la tierra. Por eso los hombres y mujeres de Dios siempre son necesarios. Hoy más que nunca. Dice el Concilio Vaticano II: “…en la vida de aquellos que, siendo hombres como nosotros, con mayor perfección se transforman a imagen de Cristo, Dios manifiesta al vivo ante los hombres su presencia y su rostro” (Iglesia, 50). Y también enseña el Concilio que, ante el fenómeno masivo del ateísmo contemporáneo, es tarea de la Iglesia hacer “transparentes” y “como visibles” a Dios Padre y a su Hijo Jesucristo (Iglesia y Mundo 21). Esto fue el Padre Kentenich: un gran “transparente” de la paternidad de Dios. Así lo recuerda una madre de cinco hijos: “Conocí al Padre… me sentí querida, aceptada, acogida y comprendida como nunca antes. Me cambió la vida… ya no le tuve más miedo a la muerte, ni al juicio, ni a Dios… Si un ser humano, un padre terrenal puede dar tanta paz y alegría al alma, cómo será nuestro Padre Celestial”, No es éste el lugar para dar una visión panorámica de la vida del Padre Kentenich. Queremos acercarnos a su persona desde un ángulo bien determinado, a saber: su relación con el movimiento del pueblo y de peregrinos de Schoenstatt. Cabría afirmar dos cosas. Siendo Schoenstatt reflejo de la persona, del espíritu del Padre Kentenich (“ella es y será mi otro yo aquí en la tierra”), es lógico que el Movimiento, en su espiritualidad y en su estructura, ponga de manifiesto la amplitud de corazón, la grandeza de alma, el universalismo de su fundador. Por esta razón, Schoenstatt no podía ser solamente un movimiento destinado a unos pocos, a una elite, a comunidades de jefes. También debía tener una dimensión universal, estar abierto a todos. “El universalismo del Movimiento” -dijo el Padre Kentenich en una oportunidad- “exige que todo tipo de individuos y de personas puedan encontrar en él un hogar” (1935). Para lograr esto es necesario también el Movimiento del pueblo y de peregrinos, que el Padre Kentenich llamó a la existencia en la hora de la fundación (1914) e impulsó concretamente a partir de 1934. Al mismo tiempo, el Padre Kentenich juega un rol decisivo en el movimiento popular. En Schoenstatt la presencia de María en el Santuario, y su mensaje, nos llegan a través del Padre Kentenich. A su vez, éste nos conduce a María, nos conduce al Santuario.

Orígenes de Schoenstatt

Monday, May 18th, 2009

Nota: Esto es una copia de una homilía que se presentó durante las misas de aguinaldo en el 2001 en la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe (Bo Campo Alegre, Hatillo).  EMYM no es un representante de los Esclavos de la Eucaristía y María Vírgen.


Antes de conocer la historia del Schoenstatt antiguo, debemos saber en qué lugar está localizado. Está ubicado en la región llamada Renania, en el centro de Alemania, donde los ríos Rin y Mosela se juntan. Aquí se encuentra la ciudad de Coblenza y a seis kilómetros más abajo de ésta, a la orilla derecha del Rín, está la pequeña ciudad de Vallendar. En esta región se abre la zona boscosa llamada Westerwaid (nombre de una cadena de cerros) formando un valle pequeño y muy cortado. Un kilómetro hacía adentro de este valle, está el lugar llamado Schoenstatt”[1].

La historia del antiguo Schoenstatt se remonta en sus orígenes hasta mediados del siglo XII. Un señor feudal llamado Wemer había fundado una capilla en Lonnich, cerca de Kobern, sobre el Mosela, y había encomendado su cuidado a un piadoso sacerdote de nombre Ludold. Gracias a sus prédicas, Ludold reunió en tomo de sí un numeroso grupo de discípulos, quienes luego de su muerte (acaecida en 1136) se pusieron bajo la dirección del abad agustino Ricardo de Springierbach. El 17 de abril de 1137, el Papa autorizó la fundación de la nueva abadía, y el arzobispo Albero de Tréveris consagró a Folmar como primer abad. Junto al convento de los agustinos surgió más tarde uno de monjas agustinas. Pero ya, hacia fines del año 1143 las religiosas se trasladan a la residencia “Vallendra”, que les había sido donada por los condes de Isenburg, los hermanos Gerlach IV, Reimboíd IV y Siegfried. El acta de donación fue labrada el 24 de octubre de 1143. Como motivo del traslado, el arzobispo menciona los muchos inconvenientes sufridos en Lonnich. Asimismo testimonia la muy loable vida que llevaban las monjas y a su nuevo hogar le da el acertado nombre de “eine schöne Statt” (un hermoso lugar). Este nombre lo inspiró, seguramente, la belleza del paisaje. Ya en aquel entonces, este lugar estaba bajo la especial protección de la Santísima Virgen. En un antiguo sello o cuño románico, de fines del siglo XII, aparece la Santísima Virgen en el trono; en su mano izquierda sostiene al Niño y en su derecha, una vara de lirios. Una inscripción en latín sobre el sello, dice: Sigilum sanctae Mariae in Vallindere (sello de la Santísima María en Vallindere)[2].

El convento de Schoenstatt siguió subordinado por el abad de Lonnich, quien destacó un prior como su representante. El gobierno de las monjas y de las hermanas legas estaba a cargo de una “magistra” asistida por una priora. Todavía en ese mismo siglo se comenzó a edificar un hermoso templo conventual, una basílica de tres naves en el estilo de la transición del románico al gótico. Hoy sigue aún en pie la torre norte de las dos que miraban hacia el oeste. La capilla que es hoy el Santuario de la Mater Ter Admirabilis es también muy antigua. La misma estaba consagrada al Arcángel San Miguel y posiblemente era la capilla del cementerio. El 18 de setiembre de 1319, Guda de Kastorf donó a esa capilla tres viñedos “para que el vicario tuviera un mejor pasar y todos los días se pudiese celebrar allí la Santa Misa”. Tanto el convento como el templo estaban consagrados a la Santísima Virgen, por eso en los primeros años, Schoenstatt fue llamado Convento de Nuestra Señora de Schoenstatt. El templo estaba además, dedicado a San Juan Bautista y parece que en épocas posteriores se eligió a Santa Bárbara como segunda patrona. De ahí que Schoenstatt se llamase también “Santa Bárbara”. Durante mucho tiempo conservó su validez aquella alabanza que hiciese a las monjas el obispo Albero, en ocasión de la fundación de Schoenstatt. El 26 de noviembre de 1226 el arzobispo Teodorico tuvo que exhortar al convento que no admitiera más de cien religiosas, lo que seguramente era un signo del prestigio de que gozaba la casa y de la fuerte afluencia de vocaciones. A comienzos del siglo XIV se manifiestan los primeros comienzos de decadencia en la disciplina y en la administración del convento. En 1434 atrajo sobre sí la pena de la excomunión, que fue levantada recién en 1436, gracias a un nuevo florecimiento momentáneo.

El 1 de enero de 1487 el arzobispo Juan II trasladó el convento de agustinas de Santa María en Muelilenheini (hoy Ehrenbreitstein) a Schoenstatt. La nueva comunidad estaba presidida por la abadesa Isabel de Goitzmoitz. Tal como reza un memorándum dirigido al arzobispo, la nueva comunidad se hizo cargo, junto con los deberes de la administración de la casa, de “un viejo convento con una disciplina totalmente relajada, un culto descuidado, edificios y rentas venidos a menos, totalmente echado a perder, empeñado, endeudado, signado por el desprestigio”. Pero el nuevo florecimiento no duró mucho. Al poco tiempo pasaron las rugientes tormentas de la Reforma por el tranquilo valle de Schoenstatt. Al encontrarse sin protección exterior, las religiosas perdieron pronto todo apoyo interior. Un número extraordinario de hermanas falleció prematuramente a consecuencia de las condiciones insalubres en que se vivía.

En el año 1567 el número de las religiosas se había reducido a cinco hermanas de coro y siete hermanas legas. Entonces la superiora Amia Merlen solicitó al arzobispo Santiago Iü de Elz el traslado a un lugar “donde pudiesen encontrar más seguridad para el cuerpo y el alma”. El 10 de octubre de 1567 las monjas de Santa Bárbara en Schoenstatt fueron conducidas al convento de San Jorge en Coblenza. El 31 de marzo de 1708 se mudaron al convento de Santa Bárbara sobre el Leer, que fue cerrado en 1803. Schoenstatt quedó desierto desde el 1567. Los objetos de valor, las campanas y altares fueron llevados a Coblenza. En 1567 toda la propiedad de Schoenstatt había pasado a la Cámara de la Corte de Tréveris, quien la adquirió en 4.312 florines y ocho albus. Al pasar el tiempo éste cambió varias veces de dueño y, consecuentemente, también del uso que se le hacía. En ocasiones, los edificios sirvieron a las labores agrícolas, a actividades fabriles, entre otras.

En 1633 la capilla y el templo fueron destruidos por las tropas suecas. En 1681 es reedificada y nuevamente destruida en los sucesos bélicos de 1812, luego de lo cual se la restaura respetando su antiguo trazado y así llega hasta nosotros.

En el siglo pasado, las “Graue Schwestem” (Hermanas Grises) trataron de erigir un pensionado en Schoenstatt, pero la policía de Guillermo I (Kulturkampf) las alejaron de aquel lugar. Por último, el convento pasó a ser propiedad de un tal señor Dorsenmagen, quien con mucho esfuerzo y gusto, trazó los parques que a fines de siglo rodeaban el venerable lugar. Sólo quedaron en pie las dos torres como testigos mudos del pasado. En 1901 fueron restauradas por el gobierno prusiano y provistas de nuevos techos. Durante una nueva restauración, el 21 de marzo de 1932, se derrumbó la torre sur. El 19 de abril de 1901 el convento fue comprado por la Sociedad Misionera de los Padres Palotinos al señor Dorsnmagen. De esta manera llegamos a los umbrales del Schoenstatt actual.

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[1] 2 P. Rafael Fernández, 150 Preguntas sobre Schoenstatt. 2a ed.. Santiago, Chile: Editorial Patris, 1994. Pág. 75.

[2] Ibid.