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Santuario Schoenstatt de Juana Díaz, Puerto Rico

Saturday, July 25th, 2009
Santuario Schoenstatt de Juana Díaz, Puerto Rico

Santuario Schoenstatt de Juana Díaz, Puerto Rico

Aviso: Esta no es la página oficial del Movimiento Apostólico de Schoenstatt en Puerto Rico. Para ver la página oficial haga clic aquí.

Localización: Juana Diaz, Puerto Rico
Santuario: Cenáculo de la Inmaculada (consagrado en el 1975)
Comunidad a Cargo: Padres Diocesanos de Schoenstatt
Dirección postal: P.O. Box800371 Coto Laurel, P.R. 00780-0371
Teléfono:  1-787-526-6362
Página Oficial: No disponible

Mapa:

Fotos:

Santuario Schoenstatt de Cabo Rojo, Puerto Rico

Saturday, May 23rd, 2009
Santuario Schoenstatt de Cabo Rojo, Puerto Rico

Santuario Schoenstatt de Cabo Rojo, Puerto Rico

Aviso: Esta no es la página oficial del Movimiento Apostólico de Schoenstatt en Puerto Rico. Para ver la página oficial haga clic aquí.

Localización: Cabo Rojo, Puerto Rico
Santuario: Solidaridad (consagrado el 7 de julio de 1973)
Comunidad a Cargo: Hermanas Marianas de Schoenstatt
Dirección postal: PO Box 744 Cabo Rojo, PR 00623
Dirección Física: Carr 100 Km 5.3 Cabo Rojo, PR
Teléfono: 1-787-851-5368
Página web oficial: SchoenstattPR.com

Horario:

Jueves: Santa Misa 6:30pm – Bendición y Adoración del Santísimo
Sábado: Hora Mariana 3:00pm
Domingo: Santa Misa 12:00pm

Mapas:

Mapa Santuario Schoenstatt de Cabo Rojo, Puerto Rico

Mapa Santuario Schoenstatt de Cabo Rojo, Puerto Rico

Fotos:

La Gracia de la Transformación Interior

Monday, May 18th, 2009

La Gracia del Envío Apostólico

Monday, May 18th, 2009

Nota: Esto es una copia de una homilía que se presentó durante las misas de aguinaldo en el 2003 en la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe (Bo Campo Alegre, Hatillo).  EMYM no es un representante de los Esclavos de la Eucaristía y María Vírgen.

No es superfluo meditar, un momento, lo que significa ser apóstol, lo que implica el apostolado. Es menester distinguido claramente del “activismo”, acción de tipo ocasional, a menudo superficial, carente de coherencia interna. El verdadero apóstol cristiano, por vivir en Cristo, por estar sumergido en su misterio, en todas las circunstancias y situaciones de su vida lo hace presente. Da testimonio de Él. Esta misión tiene su fundamento en el hecho de haber sido incorporados a Cristo por el bautismo, de haber sido afianzados en su Espíritu por el sacramento de la confirmación. Así lo enseña el Concilio Vaticano II. Por eso, sólo en la medida en que yo me haya identificado con Cristo, y viva su vida, podré irradiada a los hombres y al mundo.

Desde esta perspectiva, el gran testigo de Cristo ha sido la Virgen María. “Modelo perfecto de esta espiritualidad apostólica” -dice el Concilio Vaticano II- porque mientras vivió en este mundo una vida igual a la de los demás, llena de preocupaciones familiares y de trabajos, “estaba constantemente unida con su Hijo y cooperó de modo singularísimo a la obra del Salvador” (Seglares, 4). Ella es, verdaderamente, la Reina de los Apóstoles. La Escritura nos la muestra reunida en el Cenáculo, en medio de los apóstoles, que perseveraban unánimes en la oración (cf Hechos, 1,14). Imagen del pasado, pero también realidad de todos los tiempos, que quiere renovarse en nuestros días. ” … al terminar esta meditación con una calurosa y humilde invitación a la oración, deseo que se persevere en ella unidos a María, Madre de Jesús, al igual que perseveraban los apóstoles y los discípulos del Señor, después de la Ascensión, en el Cenáculo de Jerusalén”. Juan Pablo II, encíclica Redemptor hominis, 22).

Con su oración humilde y ardiente, María imploró la venida del Espíritu sobre los apóstoles. Ella lo implora también para que venga a nosotros, a fin de ser transformados, siempre más, en Cristo su Hijo. A fin de asemejamos a Él, reproduciendo en nosotros su imagen (Cf. Rom. 8,29). A fin de ser auténticos discípulos de Cristo, es decir, hombres y mujeres llenos del Espíritu Santo, que viven y actúan como “agentes” o instrumentos suyos en la tierra. De ahí que el verdadero apóstol viva desprendido de sí mismo y adicto a Cristo; vaya muriendo, día a día, “el hombre viejo” a fin de que surja en él “el hombre nuevo”, es decir, Cristo; no busca su éxito personal, sino la victoria de su Señor. Esté siempre alegre, también en medio de las luchas y pruebas de la vida, al saberse, en toda circunstancia, cobijado en el amor misericordioso y fiel del Padre.

En Schoenstatt la Virgen María es “nuestra fundadora, nuestra Señora, nuestra Reina” (p. Kentenich, 18.10.1939). La consagración, la alianza que sellamos con María en el Santuario, y que procuramos poner en práctica en la vida cotidiana, es garantía de un impulso apostólico siempre renovado. Y así debe ser. Todo encuentro verdadero con María nos debe llevar más profundamente a Cristo, a identificamos con Él, y por eso a compartir, también, su misión redentora. “Madre tres veces Admirable, enséñanos a combatir como luchadores tuyos… para que el mundo por ti renovado glorifique a tu Hijo Jesús”, dice una de las primeras oraciones que viven en la tradición de la Familia de Schoenstatt.

Envío apostólico:

Schoenstatt, un movimiento de profunda espiritualidad, que impulsa a sus miembros a la santificación personal. Pero “esta santificación se orienta al apostolado y de él vive, e inflama con su ardor el celo por las almas” (HP 492). “No conocemos ningún apostolado sin interioridad, y ninguna interioridad sin apostolado” (p. Kentenich). María, “la gran Misionera” (S. Vicente Pallotti) nos quiere impulsar a la acción, al trabajo apostólico. En nuestro propio ambiente: en mi familia, en el trabajo, en el colegio o la universidad, en mi ambiente social, en mi parroquia o en la diócesis.

Envío apostólico:

De modo particular queremos ser apóstoles de María. Darle a conocer, llevar a todos sus hijos a consagrarse, a sellar una alianza de amor con ella (ésta es una dimensión esencial del Mensaje de Schoenstatt). ¿Qué puedes hacer, concretamente? Te enumero algunas posibilidades:

1. Entronizar la imagen de María en tu casa, erigiendo allí un “Santuario del Hogar”.
2. Enseñar a rezar el Santo Rosario.
3. Peregrinar y fomentar peregrinaciones a los Santuarios Marianos.
4. Celebrar las fiestas de la Virgen María.
5. Vivir el “Mes de María”.
6. Difundir el rezo del Angelus.
7. Promover las lecturas marianas (de modo particular, el magisterio mariano de S.S. Juan Pablo II).

Apostolado mariano:

Queremos dar a conocer la presencia peculiar de la Virgen María en su Santuario de Schoenstatt. El Padre Kentenich así lo expresa en una oración:

“Proclamaremos tu nombre con valentía y guiaremos a los hombres hasta tu Santuario”. (HP 511)

Proclamaremos tu nombre. Es decir, anuncia remos también a la Sma. Virgen María como Madre, Reina y Vencedora tres veces Admirable de Schoenstatt. Daremos testimonio de las gracias que ha concedido desde allí. Daremos a conocer la vida del instrumento sacerdotal que ella escogió para manifestarse desde ese lugar. Cabría pensar aquí qué se puede hacer para dar a conocer este lugar de gracias a las familias, los colegios y las parroquias.

“…y guiaremos a los hombres hasta tu Santuario.” A veces llevaré a una persona que tiene un problema, que necesite estar en paz. Otras veces invitaré a una familia, a un grupo escolar, a una parroquia, a una institución o movimiento apostólico. Quien llegue al Santuario con un corazón abierto y creyente, no saldrá del mismo con las manos vacías. De una u otra manera se tomará, a su vez, apóstol del Santuario. Y así irá ampliándose el círculo de aquellos que, en la pequeña Capillita, han experimentado la gloria de María.

Palabras del P. Kentenich:

Lo mismo debiéramos decir de la tercera gracia de peregrinación. la gracia de la fecundidad apostólica. Desde que nos hemos esforzado como familia por vivir nuestra entrega en blanco, desde que nos hemos entregado con tal disponibilidad en manos de la Santísima Virgen, podemos esperar una gran fecundidad apostólica. Nosotros hemos recibido una misión de Dios a través de María y lo que hasta ahora, había impedido a la Santísima Virgen la realización de dicha misión, era el hecho de que ésta dependía de nuestra disponibilidad, por eso esperamos ahora una inmensa fecundidad. Mientras más disponibles estemos nosotros para el reino de Dios, tanto más profundamente crecerá éste en nosotros. Y mientras más crezcamos en Dios, tanto más confiado será nuestro caminar a través de los peligros de la vida.

Nuestra súplica de fe a la Madre tres veces Admirable debería obtenernos una vigorosa gracia de transformación expresada en una confianza inconmovible en el Padre Dios. (P Kentenich, 1940)

Santificación de la Vida Diaria

Monday, May 18th, 2009

Nota: Esto es una copia de una homilía que se presentó durante las misas de aguinaldo en el 2003 en la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe (Bo Campo Alegre, Hatillo).  EMYM no es un representante de los Esclavos de la Eucaristía y María Vírgen.


No es santo aquél que habla siempre de santidad; el que sabe filosofar espléndidamente sobre tales cosas, que sabe hablar con entusiasmo acerca de ellas. Es santo quien vive santamente, realizando en su vida práctica la misión que el buen Dios le ha dado de la manera más perfecta posible. Todo cuanto hace, ya estudie, ya enseñe, esté en la cocina o sí hace otro oficio, es por el amor más alto posible a Dios, pero también realizado de la manera más perfecta posible.

No solamente se puede honrar a Dios y amarlo en la oración, sino también y justamente en los acontecimientos corrientes del día, en la familia, en el trabajo, en el encuentro con los hombres y junto a un enfermo. Esta manera de amar a Dios por el cumplimiento del deber diario lo llamó Padre Kentenich: santidad de la vida diaria. Esta santidad de la vida diaria, no es la santidad en la vida rutinaria ni callada del cumplimiento ordinario del deber, vivido día tras día hasta en sus más mínimos detalles, e imprimiendo en todas sus obras el sello de la perfección. Todo el programa del santo de la vida diaria está inspirado en la ley del amor, ley armoniosa; donde existe armonía santa entre la vinculación hondamente afectiva con Dios, con la obra del hombre y con el prójimo a través de todas las situaciones de la vida.

El hombre religioso de hoy, quiere ver lo divino en un cuerpo humano, busca santidad vivida. A esta ansia del hombre responde claramente la santidad de la vida diaria. Esta santidad sabe establecer la debida proporción entre la actividad divina y la cooperación humana, proporción que como todos palpamos, se ha visto conmovida con violencia por las hondas crisis culturales de los tiempos modernos.

Dios nos santifica, pero con nuestra colaboración. La obra de Dios y la obra nuestra están en una mutua relación de armonía. Por Cristo se nos dio la vida divina. Cristo nos merendó la gracia de salvación y nosotros la recibimos unidos íntimamente con Él. Él nos da ejemplo atrayente y arrebatador de una vida de verdadera santidad vivida ante nosotros. Es Dios quien hace lo principal. No lo olvidemos. Nuestra actividad desempeña un papel secundario. Sin ella no hay verdadera santidad. Por nuestra parte tenemos que defender, acrecentar y hacer fructífera la vida divina. La defensa, es necesaria; son muchos los enemigos poderosos que la amenazan. Los enemigos que nos acechan de afuera, se llaman: el demonio y el espíritu mundano. Los que lo hacen desde dentro son: la codicia, la soberbia y la concupiscencia de la carne. De todos estos enemigos nos defendemos con una mortificación sabia y diligente. Debemos acrecentar la vida divina por medio de buenas obras y por la recepción de los sacramentos. Dios aguarda nuestra colaboración.

La Santidad de la vida diaria hay que considerarla y vivirla siempre en la vida práctica como un conjunto orgánico. La consideramos bajo tres aspectos:

l. la vinculación con Dios
2. con las propias obras
3. con los hombres.

La vinculación con Dios será ante todo, de una manera agradable a Dios o de gran altura. No basta la vinculación con Dios estrictamente mandada y a la que estoy obligado bajo pecado. A Dios le agrada muchísimo lo que el hombre hace libremente sin que se vea obligado a ello; es decir, lo que responde a los deseos y consejos divinos. A Dios le agrada la obediencia a los mandamientos, pero Él quiere algo más, Él quiere lo heroico. El heroísmo brota del manantial de un amor fuerte e íntimo. Por lo pronto, la vinculación con Dios será agradable en el sentido, que quiera la santidad de la vida cotidiana, cuando sea de tal grado, que se extienda a cumplir los consejos y deseos divinos.

Nuestra vinculación con Dios ha de ser armónica. Ha de reinar la armonía entre nuestras vinculaciones con Dios, con la obra y con los hombres, así llegará a ser el fundamento favorable y el motor que continuamente esté impulsando esa unión.

Lo contrario de armonía se llama desarmonía. Un ejemplo de la vida diaria y práctica nos ayudará a comprender mejor cuál es la vinculación armónica del santo de la vida ordinaria. Ejemplo: Una madre va a diario a la misa, pero siempre a la hora en que su marido tiene que irse al trabajo y los niños prepararse para ir a la escuela. Naturalmente, todo anda revuelto en la casa. Uno de los niños llora porque no encuentra su ropa, otro no quiere levantarse, etc., y el padre malhumorado y nervioso se va sin desayunar. Mientras tanto, la mujer reza en la iglesia. En esta vinculación con Dios, falta la armonía.

Nuestra vinculación con Dios ha de ser afectiva. No puede quedarse en pensamientos; han de vibrar la voluntad y el corazón hasta sentir la intimidad con Dios y la emoción de Dios.

Un amor afectivo es un amor que brota del entendimiento, de la voluntad y también, del corazón. Nuestra vinculación con Dios será afectiva si nuestro corazón y nuestra voluntad se entregan a Él. Una vigorosa entrega a Dios sólo es posible cuando el alma con la oración, procura conocer cada vez mejor, con más hondura a su Dios, y cuando lucha por desligarse de todo desorden. La meditación honda y profunda es su fuente de luz, de vigor, la abnegación seria y agradable a Dios y la prueba de su autenticidad.

Otra cualidad de nuestra vinculación con Dios es la de mantenerse en todas las situaciones de nuestra vida, es decir, ha de ser continua. Es estar vinculado lo más posible, aún en los quehaceres más comunes, nunca se aparte de Él.

Si deseamos llevar una vida agradable a los ojos de Dios necesitamos entender el supremo principio de la pedagogía divina: “Lo más grande es el amor” (1 Cor. 13,13) ¿Por qué debemos amar a Dios? “Amamos a Dios porque Él nos amó primero”, así nos lo dice San Juan. ¿Por qué hemos de estar vinculados con Dios? Porque Él está vinculado con nosotros los hombres, es decir: porque nos ama por una bondad libre. La fuente de nuestra vinculación con Dios es la vinculación de Dios con los hombres. Es misterio de amor. Dios nos ama desde toda la eternidad, su amor es eterno, pero también inmensamente grande y entrañable. Si queremos palpar la grandeza y la intimidad de su amor, entonces, hemos de medirlo por la magnitud de sus dones. Nos dio lo más grande que tenía, su Hijo unigénito, a fin de que éste nos redimiera con su inmenso amor.

Dios, además, nos ama con un amor inmensamente desinteresado. Sólo busca vasos vacíos para volcar toda la riqueza de su amor.

¿ Cómo nos da Dios a sentir su amor? Se nos manifiesta cada día y cada hora con su triple actividad. Crea con amor, conserva con amor y gobierna con amor. ¡Cuántas vidas crea Dios en un instante! ¿Qué respeto amoroso y qué respetuoso deberíamos sentir ante toda cosa creada, aún ante las cualidades y los talentos de nuestros prójimos? El Dios creador no abandona a sí mismos a las obras de sus manos, después de crearlas, además las conserva. Dios es el que ha creado el mundo y lo conserva y lo gobierna. Él dirige y gobierna todas las cosas. Nada hay pequeño para Él. A esta actividad amorosa de Dios, por la que rige el universo, solemos llamada providencia divina. Todo lo rige la mano amorosa de la Providencia. Si tenemos alegrías, son un saludo de nuestro Padre Celestial y le devolvemos el saludo como hijos agradecidos. Si nos envía cruz y sufrimiento, considerémoslo como un “cambio de vías”. Sus intenciones son excelentes, sólo quiere decimos: “Coge otra dirección; vas por camino equivocado”. La fe inquebrantable en la Providencia amorosa de Dios hace que tengamos una paz interior tan grande que el trabajo nos satisfaga en todas las situaciones de la vida. Esto hace que el santo de la vida diaria esté persuadido de la cercanía de Dios. En el alma de una persona en gracia, está y actúa Dios como padre y amigo, como cooperador y santificador, es decir, es quien nos hace santos. El santo de la vida diaria muestra de continuo que la vida que palpita en su ser es la respuesta llana del hijo al amor de su padre y lo manifiesta con actos callados de adoración, de amor tierno, magnánimo y con la imitación de Dios.

Piedad Instrumental Mariana

Monday, May 18th, 2009

Nota: Esto es una copia de una homilía que se presentó durante las misas de aguinaldo en el 2001 en la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe (Bo Campo Alegre, Hatillo).  EMYM no es un representante de los Esclavos de la Eucaristía y María Vírgen.

La Alianza de Amor, junto con la piedad instrumental y la santidad de la vida diaria ha sido considerada siempre por el Padre Kentenich como la característica más original de su espiritualidad. Con este tipo de espiritualidad ha dado una respuesta a la búsqueda de un estilo de vida cristiana capaz de enfrentar las exigencias de la actualidad y apto para la Iglesia del futuro.

La piedad instrumental es uno de los pilares de nuestro sistema ascético, o sea, de la vida consagrada a ejercicios piadosos. Este carácter de instrumentalidad quiere decirnos que Dios nos usa para la construcción de su reino, como instrumentos. Significa que el hombre debe entregarse generosamente a Dios y a su obra. Da un rasgo dinámico a nuestra relación con Dios, que empuja hacia adelante, hacia un compromiso vigoroso con la tarea de la Iglesia en el mundo.

El Padre Kentenich tuvo la convicción de que la Iglesia está ante una era pronunciadamente mariana, de que María,”como el gran signo” es la llamada especialmente para vencer las fuerzas diabólicas y conducir a la Iglesia a un nuevo triunfo. Por eso la piedad instrumental quiere ser vista como un ponerse a disposición de María, para que Ella nos use para la lucha por el triunfo de Cristo.

La piedad instrumental marcadamente mariana conoce y ama activísimamente a la Santísima Virgen: como su modelo, su objeto, como su mediadora. Ella es un ejemplo claro de instrumentalidad, tanto como forma de vida y como fuente de conocimiento.

La Virgen como ejemplo de instrumentalidad y como fuente de conocimiento

No podemos asombramos de que la Virgen haya usado en forma ejemplar todas las fuentes de conocimiento de que dispone la piedad instrumental para interpretar el deseo y la voluntad de Dios. “El Magnificat” nos muestra con cuánta disposición recibía y elaboraba dentro de sí la palabra de Dios. Siempre se mantuvo abierta a los mensajes y anuncios divinos, o las segundas causas libres. Acepta con espíritu de fe el mensaje del ángel; signe sin demora a San José; no olvida lo dicho por el anciano Simeón sobre su hijo y la suerte y destino de su propia vida. La estructura de ser de las cosas siempre fue norma para su corazón hambriento de Dios. Toda su manera de obrar está guiada por el conocimiento de su posición en el reino de Dios, que en el orden de su ser sobrenatural hace también entender rectamente su vivir y actuar en el Gólgota. Con igual diligencia trató de conocer el deseo y la voluntad de Dios en las circunstancias del tiempo, como en el edicto de empadronamiento del emperador; de las disposiciones y providencias en su propia vida. Para quien tiene a la vista los hechos de su vida y los conserva vivos, la vida de María llega a sede un caso preclaro de inefable instrumentalidad.

Para fundamentarlo nos basamos en su posición en la obra de la Redención como madre, como maternal esposa de Dios, como compañera y colaboradora permanente, de dignidad singular, de Cristo, como cabeza de la Iglesia y de toda la humanidad, en toda la obra de la Redención. Podemos ver hasta qué punto debemos a Cristo y a su Madre nuestra Redención, por más que Ella, la plenamente redimida y por eso, pueda y quiera ser objeto de la piedad instrumental.

Recordemos que Dios gobierna el mundo a través de causas segundas libres. Así Él transfiere a los hombres algo de su poder, de su bondad y fidelidad, y quiere con eso que los hombres le transfieran a estos hombres algo de la entrega que a Él le deben. De esto tenemos el ejemplo en el cuarto mandamiento. Dios es un Dios de orden. Por eso hace que las criaturas libres participen de sus perfecciones en grado diferente. El máximo de su sabiduría, poder, bondad y fidelidad lo ha transferido a la Santísima Virgen. Nos ha manifestado sus deseos de que transfiramos nuestro amor y respeto y nuestra confianza a su Madre para que Ella nos conduzca orgánicamente a su Persona. Aún más, Dios hace participar a sus santos de manera especialísima, en su carácter sensitivo, de su imagen. En primer lugar a la Colaboradora y Compañera permanente unida como madre del Hombre Dios. Es claramente manifiesto su deseo y voluntad de su deposición en nuestra vida personal y comunitaria que debemos honrarla, amarla y darla a conocer como nuestra Señora, Madre y Abogada, esto es, que podemos y debemos sentirnos y entregarnos como instrumentos en sus manos y que nos esforcemos por una perfecta dependencia de Ella, como el instrumento depende de su propietario. Toda nuestra vida futura debe consumirse en todo tiempo, en todo lugar, en toda situación al servicio de nuestra Señora y Abogada. A Ella le pertenecen nuestro cuerpo, nuestra alma, nuestro vivir y morir, nuestro trabajo, nuestro sufrir y luchar.

Propiedades de la piedad instrumental en su aplicación al amor y servicio a María

Hay seis cualidades que distinguen al instrumento como forma de vida que fácilmente se pueden comprobar, siendo la Santísima Virgen nuestro modelo. Primeramente un creciente desasimiento de sí misma, desprendimiento del yo para estar a disposición de Dios; la entrega total al deseo y voluntad de Dios, o sea, la obediencia perfecta.

Para poder pertenecer enteramente a la Virgen nos deshicimos más y más de nosotros mismos, según solemos hacer mediante las contribuciones al Capital de Gracias, hasta la renuncia total del propio yo.

La entrega total a María es una perfecta conformidad a sus deseos y voluntad, una vinculación total a su persona y una inconmovible y confiada dependencia de su socorro de gracias. Por nuestra conocida oración: “Oh, Señora mía…” tomamos conciencia de que nos entregamos como instrumentos en las manos de María. Ella dirige nuestro amor más allá de Ella, hacia su Hijo y la Santísima Trinidad.

El instrumento apto en manos de María, la Virgen Santísima, conoce no sólo perfecta unidad de vida, sino también una igual unidad de fines con Ella. Esto es, una comunidad en alto grado de voluntad, de amor y de gracia, que aspira a la totalidad. Los fuertes impulsos que brotan de Ella empujan al mismo tiempo a una disposición al sacrificio en alto grado, a un incansable impulso de conquista para colaborar en la obtención del gran fin de su vida. El impulso de conquista se une en el instrumento mariano con una consciente, total y permanente unidad de fines con la noble Reina de los Apóstoles. Así como Ella se entregó por la salvación de todos los hombres, así también lo hace su instrumento en consciente dependencia y en perfecta adherencia a Ella. La Virgen es en virtud de su carácter personal como encarnación de la servidumbre sencilla, fuente y poseída de Dios; la servicialidad personificada. Ella sirve a Dios y a sus deseos donde quiera y como quiera que se le presenten. Así también, el instrumento tiende siempre y en todas partes a esta servicialidad esclarecida, desprendida de sí mismo. El instrumento, no sólo se caracteriza por una marcada devoción mariana, sino que aprovecha toda oportunidad favorable para propagar su devoción a su Señora en perfecta servicialidad. Es un marcado apóstol mariano, que quiere hacer de todos los que gana para María a “su vez apóstoles marianos”. Se une a María en todas las situaciones y trata de propagar el reino de Dios por todas partes y en todo tiempo.

Es de admirar que un alma que tan constantemente ama, viva y trabaje como instrumento en y con la Virgen llegue a ser más y más en el ser y comportamiento su viva imagen, una viva aparición de María. El amor sencillo y cándido tiene ya en sí esta misteriosa fuerza asemejadora. Ésta alcanza su fin con tanta mayor rapidez cuanto más perfectamente y con mayor conciencia se proponga alcanzar esta semejanza que reproduzca sus rasgos que son imagen fiel de los rasgos de Cristo.

La “imagen de María” no descansa hasta asemejarse en todo a su modelo. Se adentra así con el tiempo en un mundo de seguridad liberadora y liberada, tal como lo percibimos y lo admiramos en la Santísima Virgen. Lo que asegura y garantiza al instrumento mariano, un derecho especial a esta seguridad, es el adaptarse hasta las más finas ramificaciones a los deseos de Dios recibiendo por eso una seguridad múltiple de vida y una regocijante certidumbre de salvación hasta donde se pueden tener aquí en la tierra. Se le comunica seguridad, porque bebe de todas las fuentes de vida que Dios pone a disposición en la Santísima Virgen. La Virgen tiene la plenitud de todo bien. Dios ha puesto la plenitud de toda salvación que nos viene de Ella.

La piedad instrumental asegura la fecundidad apostólica. Dios quiere y reclama de los hombres, imágenes suyas, una imitación múltiple de su fecundidad. Es evidente que Él realiza su voluntad en sus instrumentos que se le entregan sin reservas y sin voluntad propia y no ponen ninguna clase de obstáculos a su actividad. El gran obstáculo para la actividad de Dios y su fecundidad es y sigue siendo la enferma voluntad propia. Pero el instrumento ha renunciado a ella para estar solamente a disposición de Dios y su obra. Su aptitud apostólica está suficientemente asegurada dejando obrar a Dios en sí y como Él quiere y está enteramente dispuesto al servicio con todas sus capacidades, con todo su ser. Como instrumento vive sólo para los planes de Dios. La orientación mariana asegura la elevación de esta fecundidad. Los servicios que Ella presta a la santidad personal son de igual manera considerados como fecundidad apostólica, porque nuestro ser, lleno de Dios, semejante a Cristo, y la aparición de Cristo y de María en el vivir y actuar se manifiesta como un apostolado valioso y fecundo. El instrumento mariano va por caminos marianos en su actividad apostólica y toda demanda de sanar almas se vuelve hacia la Madre de Dios y realiza así el deseo de Cristo, que vino a nosotros por el camino de su Madre y nos indicó así el camino para ir a Él y al Padre. Con todas las fibras del corazón, con toda la exaltación de nuestro espíritu honremos a María, porque es la voluntad de Dios que quiso, que todo lo alcancemos por medio de María. La fecundidad de su piedad instrumental es inconcebiblemente grande. Ella brilla en la oscuridad de la vida como un ejemplo resplandeciente, como imagen ideal y única de la piedad instrumental; como Espejo de Justicia que recibe e irradia sobre nosotros, en fidelidad inigualable, todos los rayos que brotan del Sol de Justicia; Jesucristo.

Bienaventurados todos los hombres y comunidades que se saben instrumentos en manos de la Santísima Virgen y toman en serio su tarea instrumental de participar en la fecundidad de la Madre del Mundo, que en ningún tiempo escatima su intercesión y estará al lado de aquellos que en nuestra época la anuncian al mundo como Dios lo quiere.

La Gracia del Cobijamiento

Monday, May 18th, 2009

Nota: Esto es una copia de una homilía que se presentó durante las misas de aguinaldo en el 2001 en la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe (Bo Campo Alegre, Hatillo).  EMYM no es un representante de los Esclavos de la Eucaristía y María Vírgen.

El drama de hoy no es la velocidad de la vida, las renovadas exigencias que nos plantean, las durezas de la lucha diaria. El drama verdadero es la falta de valores trascendentales que le den a la vida su sentido definitivo, que le den andamiento. El drama, es el desarraigo espiritual, que genera incontables nómadas espirituales, vagos y vagabundos. Es la falta de estabilidad y consistencia de los vínculos personales. De arraigo a lugares y a una tradición. En definitiva, la falta de cobijamiento en Dios.  El hombre, por ser creatura, por no tener su última seguridad en sí mismo, es un ser inseguro, un ser en riesgo. Nadie puede eludir esta dimensión de la condición humana. Ciertamente, hay múltiples formas de evadirla, pero ninguna evasión puede ser una solución verdadera. Si hemos sido creados por Dios, si Dios es nuestro destino último, si de Él venimos y a Él vamos, no hay otra solución que nuestra entrega radical a Él. La dimensión más profunda de nuestro ser es la filial. Un hijo sólo podrá hallar la paz si se encuentra con su padre y con su madre. Esto, a su vez, hace posible el encuentro con los hermanos. Cristiano significa, en lo más hondo, ser, en Cristo, hijo de Dios Padre: “¡Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues lo somos!” (1 Jn 3,1). Ser cristiano significa haber recibido el Espíritu Santo, que no es un espíritu de esclavos para recaer en el temor, sino “un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios” (Ro. 8,15-16). Cristiano es aquel que se sabe hermano de los hombres, es tener la experiencia de participar de una historia, que es historia de salvación, y que un día culminará en la eternidad.  El encuentro con la Virgen María en el Santuario es, ante todo, el encuentro de un hijo, de una hija, con su Madre. Es la experiencia de ser acogido, aceptado, enaltecido; en toda mi realidad, con mis luces y mis sombras, con mis éxitos y mis fracasos, con lo bueno y lo malo que hay en mí. En el Santuario me siento cobijado, me siento bien. “Todos los que acudan acá para orar deben experimentar la gloria de María y confesar: ¡qué bien estamos aquí! ¡establezcamos aquí nuestra tienda! ¡éste es nuestro rincón predilecto!”. (P. Kentenich, 18/10/1914)

Ningún hijo puede explicar con palabras lo que su madre significa para él. Mucho menos podemos hacerlo tratándose de la Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra. Ella tiene un carisma maternal misterioso, extraordinario, universal, único. Como lo enseña acertadamente Puebla: “María, Madre, despierta el corazón filial que duerme en cada hombre. En esta forma, nos lleva a desarrollar la vida del bautismo por el cual fuimos hechos hijos” (DP 295).

El Padre Kentenich, prisionero en el campo de concentración de Dachau (Alemania), expresaba esta experiencia en forma profunda y sencilla: “La Madre me ha aceptado con bondad y, como sólo ella puede hacerlo, se ha comprometido a cuidarme  fielmente en cada circunstancia de la vida, para que, alegre, algún día me acoja la aurora pascual”.  La vida de muchos hijos e hijas de Schoenstatt es un testimonio auténtico de que Nuestra Señora de Schoenstatt, desde su Santuario, ha regalado en abundancia, esta primera gracia de la peregrinación: el cobijamiento espiritual. Su fruto ha sido una creciente actitud de total confianza (y no de temor o de angustia) ante la vida, frente a la muerte y más allá de la muerte. Y así debe ser. El mayor don que hemos recibido de Dios, y la norma fundamental del cristianismo es el amor: Dios es amor -dice San Juan- y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él… No hay temor en el amor; si no que el amor perfecto expulsa al temor (1 Jn 4,16.18). Una oración sencilla y profunda del Padre Kentenich sintetiza muy bien esta gracia del cobijamiento: “En tu poder y en tu bondad confía, con sencillez filial el alma mía. En ti y en tu hijo, en cada situación, confía ciego, Oh Madre, mi corazón.”

Palabras del P. Kentenich:

Con toda intención hablo de una gracia de arraigo o de cobijamiento espiritual. Se trata de lograr el pleno arraigo en el corazón de Dios eterno. Pues nuestra convicción más inconmovible es ésta, que el corazón de María es el corazón de Jesús y el corazón del Padre Dios vueltos hacia nosotros. Existen muchas y muy diversas formas de sufrimiento. Los hombres podemos ser asaltados ora por unas, ora por otras. Pero el sufrimiento más penoso de todos es el del desarraigo espiritual. ¡Y para cuánta gente es hoy este desarraigo, es decir, la posibilidad de quedar sin patria y sin hogar espiritual, un peligro inminente! Nos encontramos espiritualmente desarraigados y descobijados cuando comenzamos a perder lentamente la fe que recibimos en nuestra infancia y que logró plasmar nuestra vida.  Estamos interiormente desarraigados, cuando se apagan en nosotros todos los anhelos de cosas grandes. Es tal, la cantidad de nuevas ideas que nos invaden, que las grandes verdades de la fe se ven arrastradas por la corriente. Frente a esto, María quiere ofrecernos la gracia del arraigo espiritual.  ¿Qué quiere darnos? Un arraigo profundo en las grandes verdades de la fe; en aquéllas que hicieron felices a nuestros antepasados, en aquéllas que Jesús nos trajo como verdades eternas. ¿Cómo suena esto frente al mundo de hoy? “Yo soy la verdad”, parece decirnos Cristo: ¿Y dónde está hoy día la verdad? “Yo soy la verdad”. María quiere concedemos las gracias de peregrinación, aquéllas que, según nuestra experiencia, sabemos que podemos implorar en Schoenstatt. Ella desea ofrecemos aquí un hogar espiritual, un terruño, una patria. ¿Dónde reside la fuente más profunda para nuestra confianza? En el Padre Dios, en el Dios eterno. ¿Y a quién ha participado Dios su poder? A María, la Madre de Dios.

Pensemos en la falta de hogar espiritual, en el desarraigo del hombre de hoy. Todos anhelamos sentimos cobijados en el corazón de alguien. Pero el corazón humano está lleno de infidelidades.  ¿Qué debería significar el cobijamiento que buscamos en un corazón humano? Debería abrirnos el camino hacia nuestro arraigo y cobijamiento en el corazón mismo de Dios. Debería llevarnos a anclamos profundamente en Dios, debería impulsarnos y elevarnos hacia Dios por encima de todo desengaño humano. Está claro, lo que llamamos arraigo espiritual es el arraigo en el corazón de Dios. Pues, ¿no es acaso el Dios vivo la causa de toda nuestra confianza? San Agustín acuñó este pensamiento: “Quien ha buscado su apoyo junto al rostro de Dios, no teme en absoluto al rostro de los poderosos de este mundo”. Realmente, la fuente de nuestra confianza reside en esta gracia del cobijamiento. (…) La gran condición previa para todo lo grande y lo bueno que Dios nos pueda regalar, es la entrega total a la búsqueda del Reino de Dios y de su justicia. Aquí nos movemos en nuestro terreno propio. Si hemos recibido la gracia de encontrar nuestro hogar en el corazón del Dios vivo, entonces podrá ocurrir lo que sea y todo será siempre para nuestro bien. Podrán sacudirnos muchas tormentas, podrán arrancamos del corazón nuestras cosas y a nuestros seres más queridos; sin embargo, tendremos la más segura certeza de que todo aquello sucede para nuestro bien. Esta es la gran condición que cada uno de nosotros debe tratar de cumplir, pertenecer a Dios con todo su ser, de día y de noche, en medio de los golpes del destino como en los días de alegría.

Arraigo y cobijamiento espiritual:

Cuando se nos regala esta gracia, podemos tener una confianza inmensa e inalterable en el Dios de la vida. Pero no debemos interpretar esto como si se tratase de una garantía en el sentido de que ninguno de los nuestros morirá (debe recordarse que esta plática fue dada en medio de la segunda guerra mundial NT). Sin duda que de cuando en cuando nos ocurrirán desgracias, pero cuando nos ocurra una desgracia, entonces debemos estar seguros de que nos es enviada por Dios para nuestro bien. Es Dios que quiere arraigarnos más profundamente en su corazón y asemejamos más a su Hijo Unigénito. Por nuestro arraigo en el corazón de Dios estamos como fuera del mundo, como más allá del mundo y de sus pruebas.  Un sabio afirmó una vez: “Denme un punto de apoyo situado fuera del mundo y yo lo moveré, haciendo saltar el mundo de sus goznes”. De igual manera, si nosotros alcanzamos un profundo arraigo y cobijamiento espiritual en Dios,  podremos dominar la vida que nos causa hoy día tantas heridas. Y levantaremos al mundo de sus goznes.

Alianza de Amor

Monday, May 18th, 2009

Nota: Esto es una copia de una homilía que se presentó durante las misas de aguinaldo en el 2003 en la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe (Bo Campo Alegre, Hatillo).  EMYM no es un representante de los Esclavos de la Eucaristía y María Vírgen

La espiritualidad de Schoenstatt quiere ayudar a las personas en el logro de una honda vivencia de fe. Para ello, por medio de una alianza con la Virgen María procura experimentar a Dios, como al Dios de la vida y la historia; quien con amor de Padre providencial y misericordioso conduce a los hombres. También, como un Padre que nos llama a seguir a Jesús haciéndonos corresponsables por su Iglesia, para servirle como instrumentos y apóstoles y para construir un nuevo orden social. En el cumplimiento de esta tarea, las comunidades de Schoenstatt ofrecen vigorosos impulsos.

Schoenstatt quiere conducir nuevamente al mundo a una profunda alianza de amor con la querida Virgen María, para que la alianza con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo llegue a ser indeleble, honda e indestructible, y como tal se conserve siempre. Él amplió horizonte del mundo está entre nosotros y nos recuerda que no sólo luchamos por una nueva concepción de la sociedad, sino que también queremos todo un mundo nuevo. La carencia de alma y el sin sentido del mundo se superan en la medida en que estamos penetrados de esta convicción: Dios selló una alianza con sus criaturas.

La idea de la alianza es la intención principal de Dios y de la Iglesia y también usted ha sido aceptado en esta alianza divina por la alianza bautismal. En el Nuevo Testamento, la alianza de redención comenzó con el Fiat de María en el momento de la ;Anunciación: fue sellada por la muerte redentora en el Calvario y perfeccionada por el envío del Espíritu Santo en Pentecostés. La Iglesia quiere realizar siempre esta gran intención de Dios. Su tarea es esencialmente aceptar a los hombres en esta alianza de redención entre cielo y tierra por el Bautismo, afirmarlos en ella por los sacramentos de la Confirmación y de la Eucaristía, llamarlos de nuevo, aceptarlos otra vez por los sacramentos de la Penitencia, de la Unción de los Enfermos y santificarlos para los estados especiales de vida con el Orden Sagrado y el Matrimonio.

La alianza redentora que reconocimos como la intención principal de Dios y de la Iglesia, recibe en Schoenstatt un sello original según su misión especial. Así, la idea de la alianza que Schoenstatt pone tanto en el centro de nuestra atención es muy católica y al mismo tiempo muy antigua. La misión de Schoenstatt es llevar a la humanidad, por la Alianza de Amor con María, a la Alianza de Amor con el Dios Uno y Trino.

La original Alianza de Amor schoenstattiana, que en último término se basa en la alianza bautismal, quiere ayudamos a formar vida conscientemente por la idea de la alianza y con eso llevarnos al pleno desarrollo de maduración de la gracia bautismal. La vida de la Alianza de Amor schoenstattiana no es otra cosa que la alianza bautismal vivida con un carácter original.

El pensamiento de alianza ha echado raíces tan profundas en nuestra conciencia y en nuestro sentimiento vital que sin vacilar la podemos designar como nuestra forma fundamental, nuestro sentido fundamental, nuestra fuerza y nuestra norma fundamental.

La alianza con Cristo en la cual nosotros participamos por el bautismo, tiene una modalidad mariana, pues Cristo quiso redimimos con la cooperación de María, su Madre y compañera permanente.

La Alianza de Amor en Schoenstatt no es sino una actualización y profundización de la nueva alianza en Cristo hecha a través y con María. María como colaboradora permanente del Señor y Madre de la Iglesia según el designio del Padre Dios, busca atraer a los hombres hacia sí, para llevarlos, en Ella, a Cristo y comprometerlos en la construcción del Reino de Dios.

La alianza es un compromiso mutuo de amor por medio del cual ambos contrayentes adquieren derechos y deberes. De aquí nuestro lema: Nada sin Ti, nada sin nosotros. El amor impulsa a la alianza, el amor forma la alianza, el amor sirve a la alianza, y el amor permanece fiel a la alianza. Pero el amor no tiene límites.

La Alianza de Amor en Schoenstatt es punto de partida y fundamento para la obra mundial de renovación. Por la Alianza de Amor vivida, Schoenstatt da una respuesta eficaz a las múltiples angustias de la época.

La idea de la Alianza de Amor ha crecido tan profundamente en nuestra conciencia y sentimiento de vida, que la podemos denominar nuestra forma, sentido, fuerza y normas fundamentales.

Palabras del P. Kentenich:

El lugar que ocupa la santísima Virgen en el plan de salvación, así como la realidad del tiempo actual y de la vida, nos impulsan con suave violencia a los brazos y al corazón de Marta, nuestra Madre y Educadora. No sólo ella nos aconseja cobijamos en forma segura y permanente en su corazón, también lo hace el Santo Padre al indicamos que realicemos por nuestra parte la consagración a su sagrado corazón, la que él mismo ha hecho solemnemente dos veces, al consagrar el mundo entero a su corazón.

Esta consagración significa a la vez una alianza de amor mutua entre la Madre tres veces admirable y nosotros. Es un intercambio mutuo de corazones, bienes e intereses. Así lo expresó Grignon de Montfort: ” Cuando ella (la santísima Virgen) ve que alguien se le regala enteramente (por la consagración como alianza de amor)… entonces ella se regala total y plenamente de una manera indescriptible a Aquél que (en la fuerza de la alianza de amor) se le entrega. Ella lo sumerge en el abismo de sus gracias, lo adorna con sus méritos, lo apoya con su poder, lo ilumina con su luz, le regala sus virtudes: su humildad, su fe, su pureza, todo. Ella se convierte en su garantía, en su complemento, en todo ante Jesús. En una palabra: Ya que esa persona (en la fuerza de la alianza de amor) pertenece enteramente a Maña, María (en razón de la misma alianza de amor) pertenece enteramente a ella.

Lo que nosotros llamamos contribuciones al Capital de gracias, es la expresión de esta alianza. Nosotros nos regalamos por entero y con todo lo nuestro a la santísima Virgen y, por eso mismo, esperamos como regalo recíproco a ella misma y a todo lo que le es propio. Sobre todo, esperamos que ella nos transforme en Cristo, que Él nos conduzca al Padre y que nos integre en su misión de ayuda permanente del Señor, y así nos utilice como instrumentos para la redención y pacificación del mundo. La Santísima Virgen toma muy en serio una alianza tal.

Intercambio mutuo de corazones
El intercambio recíproco de intereses y bienes entre ambos contrayentes de la alianza, entre la santísima Virgen y nosotros, es profundamente eficaz a lo largo del tiempo, sólo si está enraizado en un perfecto intercambio mutuo de corazones o de amor

Yo me esfuerzo en amar a la santísima Virgen, tanto en la actitud como en los hechos, con la misma intensidad con la que ella me ama. Sólo así entenderemos lo que quiere decir el perfecto intercambio mutuo de corazones o de amor Se trata de dar corazón por corazón. Lo que vale es corazón por corazón, hasta que ambos corazones latan al unísono: dos corazones y un solo latir, o bien, hasta que se produzca una fusión mutua de corazones, perfecta y permanente. Lo que significa esto, se esclarece sobremanera si se compara corazón con corazón.

Alianza y Sacrificio

Para quien conoce el mundo del amor, o para quien ya ha hecho de la alianza de amor con la santísima Virgen el contenido de su vida, sabe por experiencia que el amor vive del sacrificio y que el sacrificio alimenta el amor Esta ha sido desde siempre una ley inalterable en el reino del amor.

Madre, Reina y Vencedora Tres veces Admirable de Schoenstatt

Monday, May 18th, 2009

Nota: Esto es una copia de una homilía que se presentó durante las misas de aguinaldo en el 2001 en la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe (Bo Campo Alegre, Hatillo).  EMYM no es un representante de los Esclavos de la Eucaristía y María Vírgen.

Vamos a explicar ahora el nombre de “esta” Virgen. Comencemos por el final. El hecho de llevar un nombre extranjero, en alemán (idioma difícil para nosotros, los latinos) crea una primera dificultad. A veces se levantan voces preguntando si no sería posible traducir, o eventualmente cambiar, el nombre de “Schoenstatt”. Tales reacciones son comprensibles. Pero el nombre no se puede cambiar. ¿Por qué? Porque expresa un vínculo fundamental al lugar concreto (en este caso Schoenstatt, en Alemania) donde la Sma. Virgen ha querido manifestarse. El nombre de una persona, sea individual o colectivo, no es algo accidental. Revela, de alguna manera, lo que la persona es y quiere poner de manifiesto lo típico de su misión. Todo nombre tiene también su historia. Así el de “esta” Virgen, cuyo título oficial es el de “Madre, Reina y Vencedora tres veces Admirable de Schoenstatt”. ¿Cómo, entonces, surgió el mismo? Debemos retroceder hasta la fundación de Schoenstatt, a los años de la Primera Guerra Mundial. A través de la Congregación Mariana se introdujo en Schoenstatt el nombre de “Madre tres veces Admirable”, ésta se inspiró en la famosa Congregación Mariana de Ingolstadt (donde María era venerada bajo la advocación: “Mater ter admirabilis”. Madre tres veces Admirable, título preferido por su santo inspirador, el Padre Rem, SJ). En aquella época circulaba entre los jóvenes congregantes una oración, compuesta por el Padre Kentenich, que comenzaba así: “Madre tres veces Admirable, enséñanos a combatir como luchadores tuyos…”. Más tarde se añadió al nombre oficial de la Virgen de Schoenstatt la palabra: “Reina”. Fue en tiempos de la lucha contra el nacionalsocialismo. Como en todos los demás movimientos e instituciones católicas de Alemania, Schoenstatt fue perseguido por la dictadura nazi. Desde un plano puramente humano, fue una lucha muy desigual. El Padre Kentenich la comparó, en su momento, al enfrentamiento del pequeño David con el gigante Goliath. La Familia de Schoenstatt, juntando fuerzas en sí misma, tomó conciencia de la consagración y de la alianza de amor que la unía a la Virgen María. Surgió entonces en sus filas una corriente de coronación, tanto en Schoenstatt, como más tarde entre los

prisioneros schoenstattíanos en el campo de concentración de Dachau. Aquí fue coronada como “Reina del campo de concentración”. Con este acto de piedad mariana, querían reconocer, ante María, su desvalimiento humano, pero al mismo tiempo, el poder real de la Sma. Virgen, expresando la total disponibilidad a su servicio. A su regreso del campo de concentración, el Padre Kentenich renovó solemnemente esta coronación en Schoenstatt, el 18 de octubre de 1946, proclamando a la Virgen María “Reina del mundo”.

El título de “Vencedora” es más reciente, y surge también de la historia de la Familia de Schoenstatt. Pocos años después de su liberación del campo de concentración, comenzaron para el Padre Kentenich y para Schoenstatt duras pruebas. Esta vez las dificultades fueron con la Iglesia, resultando para el Fundador un destierro de catorce años (1951-1965, la mayor parte de los cuales transcurrió en Milwaukee, U.S.A., de 1952 a 1965). El mismo concluyó con su rehabilitación en Roma, durante el transcurso de la cuarta y última sesión del Concilio Vaticano II, por el Papa Pablo VI. Para Schoenstatt fueron tiempos muy duros. Por momentos no se vislumbraba, humanamente hablando, ninguna solución a los problemas planteados. En medio de muchas oscuridades, el Padre Kentenich mantuvo impertérrito una total confianza en la victoria final de la Sma. Virgen. Los acontecimientos del año 1965 (su ida a Roma y su rehabilitación, que culminaron con su regreso a Schoenstatt en la nochebuena de ese año, tras 14 años de ausencia) produjeron un cambio decisivo en la situación. En reconocimiento a la manifiestación de la Virgen María en la liberación del Padre Kentenich. Éste decide coronarla en Liebfrauénhóhe el 31 de mayo de 1966 y quiso en adelante, el título de Madre y Reina de Schoenstatt se añadiese el de “Vencedora”. Antes de concluir, valga una aclaración, comenzamos explicando el nombre oficial de “esta” Virgen. Hay que responder la pregunta: ¿Por qué hay tantas advocaciones diferentes de la Virgen María? ¿Qué significa esto?. A veces, gente sencilla puede confundirse, como si se tratara de “diversas” vírgenes. La respuesta es simple: no es que haya diversas vírgenes, por más que hablemos de la Virgen de Lujan, la Virgen de Itatí, la Virgen del Valle, la Virgen de Fátima, la Virgen de Lourdes, de María Auxiliadora… o cualquier otra de las múltiples advocaciones o títulos existentes es la misma Virgen María. Es cuestión de cambiar la preposición “de” por la preposición “en ” en cuyo caso, se esclarece la cuestión. Existe una única y misma Virgen María, Madre de Dios y Madre de todos los hombres, que se ha manifestado y se manifiesta en diversos lugares: en Lujan; en Itatí; en Lourdes, o como María Auxiliadora. Al hablar de la Virgen de Schoenstatt, queremos decir lo mismo: es la Virgen María que se ha manifestado en Schoenstatt.

Hemos aclarado el título oficial de Nuestra Señora de Schoenstatt. Pero esto no significa que el mismo se use en forma cotidiana. Cada persona tiene también un nombre “oficial”, pero en la vida cotidiana se le llama normalmente, con nombres más familiares o cortos. Es así, como uno escucha hablar en Schoenstatt de la “Madre y Reina”, de “la Mater”, de la “MTA”, de “Nuestra Señora de Schoenstatt” u otros apelativos. Todas son posibilidades válidas.

Historia:

El cuadro original fue pintado al óleo en la última década del siglo XIX por el pintor suizo Luigi Crosio, quien nació en Alba el 1835, falleció el 1915 en Turín, bajo el título: “Refugium Peccatorum” (Refugio de los pecadores). Es muy probable que su hija Ana haya posado como modelo del retrato de la Mater y su nieto para el niño Jesús, como demuestran los estudios recientes. Actualmente la pintura está en posesión de las Hermanas de María.

Dicho en términos modernos, la imagen tuvo record de ventas. El 10 de octubre de 1898 la imprenta de Zürich de los hermanos Künzii compró los derechos de la imagen y la comercializó en diferentes versiones, entre las que se encuentra también, la impresión litográfíca en colores. Después de 1914, cuando los alumnos que en Schoenstatt se formaban para las misiones buscaban junto con su director espiritual una imagen de María para la antigua capillita de San Miguel, el profesor Huggle de la institución compró, en una tienda de antigüedades, una de estas impresiones litográfícas y se la regaló en 1915 a la joven Congregación Mariana.

Recién llagada la imagen a Schoenstatt, recibió el título de “Mater ter Admirabilis”, Madre tres veces Admirable. La Santísima Virgen fue venerada bajo este título en el siglo XVI en Ingolstadt donde el sacerdote jesuita Padre Jacobo Rem había fundado la primera Congregación Mariana en la Universidad de Bavaria. En 1935 el Padre Kentenich explica lo que esta imagen significa para Schoenstatt: “Es verdad que así como el pueblo sencillo la acoge con alegría, para nuestra gente culta es, no pocas veces, “piedra de escándalo” que causa un sentimiento de rechazo y por eso una crisis en relación al Movimiento. La imagen llegó a la capilla en 1915, en cierto modo provisionalmente, para sacarnos de un apuro. Dado que el Movimiento ahora ha crecido con ella, no se la puede separar más”. Nuestra manera de pensar fue aprobada con el tiempo incluso hasta con cierto entusiasmo. Es muy probable que si nuestra imagen fuera del gusto moderno, muy pronto el Movimiento sucumbiría ante el peligro de cierto naturalismo, de un esteticismo religioso o de un intelectualismo, y esto, significaría escuchar su “sentencia de muerte”. Así en cambio, cada persona culta interesada en él se ve exigida a tomar una decisión personal, a dar una mirada más profunda a las fuerzas que obran en él y de esta manera a afirmar o rechazar al Movimiento como movimiento de vida y gracias. En la imagen está permanentemente simbolizado y expresado el “escándalo de la cruz” con lo cual se toma efectiva la gran ley del Reino de Dios: “Y ensalzó a los humildes”.

Padre Kentenich

Monday, May 18th, 2009

Nota: Esto es una copia de una homilía que se presentó durante las misas de aguinaldo en el 2001 en la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe (Bo Campo Alegre, Hatillo).  EMYM no es un representante de los Esclavos de la Eucaristía y María Vírgen.

Los fundadores:

Según el plan del Dios providente, los fundadores son personas escogidas a través de las cuales, Él hace llegar a la Iglesia su gracia renovadora y vivificante. A ellos los hace portadores de carismas, es decir, de gracias especiales del Espíritu Santo, que conforman y alimentan la vida del Pueblo de Dios. Los Sumos Pontífices no han cesado de destacar la importancia que tienen los fundadores para sus comunidades y para la Iglesia. Con insistencia llaman a seguir sus pasos, a imitar su ejemplo y a mantener vivo su espíritu.

El Señor nunca abandona a su Iglesia. Constantemente sale al encuentro de las necesidades y desafíos que ésta padece y elige a personas que se abren a su gracia y conducción providencial. En esta perspectiva se sitúa para nosotros la persona del P. José Kentenich, fundador del Movimiento de Schoenstatt. En él vemos la mano del Dios providente que conduce la historia a través de instrumentos libres y dóciles. Con ocasión del centenario de su nacimiento, en 1985, el Papa Juan Pablo II dirigió a la Familia de Schoenstatt las siguientes palabras: “La experiencia secular de la Iglesia nos enseña que la íntima adhesión espiritual a la persona del fundador y la fidelidad a su misión –una fidelidad que está siempre de nuevo atenta a los signos de los tiempos- son fuente de vida abundante para la propia fundación y para todo el Pueblo de Dios… Vosotros habéis sido llamados a ser partícipes de la gracia que recibió vuestro fundador y a ponerla a disposición de toda la Iglesia.” (Juan Pablo II, Roma, 20 de septiembre de 1985)

El carisma que Dios regaló al P. Kentenich es un carisma preclaramente mariano, marcado por una alianza de amor sellada con la santísima Virgen en el pequeño santuario de Schoenstatt. Un carisma mariano que quiere dar respuesta a las herejías antropológicas de nuestra época y que está orientado hacia la creación de un nuevo tipo de hombre cristiano que, de acuerdo a la persona y misión de la Virgen María, trata de encarnar en medio del mundo la armonía entre lo natural y lo sobrenatural.

La forma más adecuada para conocer el carisma de una comunidad o movimiento eclesial es conocer la vida del fundador. El fundador no sólo proclama su carisma; lo más importante es que él mismo lo encarna. Su vida da testimonio del paso de Dios por la historia. En ella aparecen los dones y talentos que Dios le ha conferido y que quiere hacer llegar al seno de la Iglesia. Para quienes Dios llama a Schoenstatt esto reviste gran importancia, pues en la historia del fundador se delinea la voluntad de Dios no sólo para Schoenstatt en general, sino para su propia vida. Si el Dios providente nos ha llamado a Schoenstatt, ello significa que Él nos llama al seguimiento de su fundador. Tal como a un jesuita le revela su voluntad a través de la vida de San Ignacio, de modo semejante nos manifiesta en forma especialísima nuestra misión y el sentido de nuestra existencia como miembros de Schoenstatt, a través del P. José Kentenich. De aquí que conocer más profundamente su trayectoria de vida constituye un camino privilegiado para conocer nuestra propia vocación y saber qué espera Dios de nosotros.

Estas reflexiones nos mueven a considerar el carisma mariano de Schoenstatt, y concretamente la alianza de amor con María, no en forma teórica, sino, en primer lugar, en la vida del fundador.

¿Quién es el Padre Kentenich?

“Quien tiene una misión ha de cumplirla, aunque conduzca al abismo más profundo y oscuro, aunque un salto mortal siga a otro”, decía con serenidad y total convicción, al atardecer del día 31 de mayo de 1949, en la capillita aún no del todo concluida, a los pies de la cordillera andina, el Padre José Kentenich. Tenía a la sazón 64 años. Esas palabras eran fiel reflejo de su vida. Nació el 18 de noviembre de 1885 en el pueblito de Gymnich (Alemania), a partir de sus nueve años fue internado, durante los cinco siguientes, en un orfanato en Oberhausen. En 1899 ingresa al Seminario Menor de los Padres Pallotinos en Ehrenbreitstein. En 1904 comienza su noviciado. Al cabo de seis años de duras pruebas: una salud muy frágil, crisis de fe que se prolongan por años y un primer rechazo por parte de sus superiores al tratarse su acceso a la ordenación sacerdotal. Es ordenado ministro de Cristo el 8 de julio de 1910. Profesor de latín y de alemán. Director Espiritual en el Seminario Menor de los Padres Pallotinos en Schoenstatt. Fundador del Movimiento Apostólico de Schoenstatt. La Primera Guerra Mundial y la post-guerra. [Tengo duda de qué es] Famoso predicador de retiros para sacerdotes en la década del 20’ y la del 30’; perseguido por el Nacionalsocialismo y prisionero en el campo de concentración de Dachau.

Apóstol internacional (1947-1952). Desterrado en Milwaukee (1952-1965). Rehabilitado en 1965, trabajó activamente en Schoenstatt y Alemania los últimos tres años de su vida. Fallece repentinamente, el 15 de septiembre de 1968, en el Monte Schoenstatt, luego de celebrar la Santa Misa. Los seres humanos, por nuestra condición sensible, buscamos encontrar a Dios, y a lo divino, encarnado en personas humanas concretas. El hombre no puede vivir sin “arquetipos”. No puede sentirse atraído por una religión puramente intelectual, desencarnada. Normalmente llegamos a la realidad invisible, al Dios vivo, a través de signos visibles que nos lo hacen cercano en la tierra. Por eso los hombres y mujeres de Dios siempre son necesarios. Hoy más que nunca. Dice el Concilio Vaticano II: “…en la vida de aquellos que, siendo hombres como nosotros, con mayor perfección se transforman a imagen de Cristo, Dios manifiesta al vivo ante los hombres su presencia y su rostro” (Iglesia, 50). Y también enseña el Concilio que, ante el fenómeno masivo del ateísmo contemporáneo, es tarea de la Iglesia hacer “transparentes” y “como visibles” a Dios Padre y a su Hijo Jesucristo (Iglesia y Mundo 21). Esto fue el Padre Kentenich: un gran “transparente” de la paternidad de Dios. Así lo recuerda una madre de cinco hijos: “Conocí al Padre… me sentí querida, aceptada, acogida y comprendida como nunca antes. Me cambió la vida… ya no le tuve más miedo a la muerte, ni al juicio, ni a Dios… Si un ser humano, un padre terrenal puede dar tanta paz y alegría al alma, cómo será nuestro Padre Celestial”, No es éste el lugar para dar una visión panorámica de la vida del Padre Kentenich. Queremos acercarnos a su persona desde un ángulo bien determinado, a saber: su relación con el movimiento del pueblo y de peregrinos de Schoenstatt. Cabría afirmar dos cosas. Siendo Schoenstatt reflejo de la persona, del espíritu del Padre Kentenich (“ella es y será mi otro yo aquí en la tierra”), es lógico que el Movimiento, en su espiritualidad y en su estructura, ponga de manifiesto la amplitud de corazón, la grandeza de alma, el universalismo de su fundador. Por esta razón, Schoenstatt no podía ser solamente un movimiento destinado a unos pocos, a una elite, a comunidades de jefes. También debía tener una dimensión universal, estar abierto a todos. “El universalismo del Movimiento” -dijo el Padre Kentenich en una oportunidad- “exige que todo tipo de individuos y de personas puedan encontrar en él un hogar” (1935). Para lograr esto es necesario también el Movimiento del pueblo y de peregrinos, que el Padre Kentenich llamó a la existencia en la hora de la fundación (1914) e impulsó concretamente a partir de 1934. Al mismo tiempo, el Padre Kentenich juega un rol decisivo en el movimiento popular. En Schoenstatt la presencia de María en el Santuario, y su mensaje, nos llegan a través del Padre Kentenich. A su vez, éste nos conduce a María, nos conduce al Santuario.